|
Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos ni entra por la senda de los pecadores, ni se sienta en la reunión de los cínicos, sino que su gozo es la ley del Señor, y medita su ley día y noche.
Será como un árbol plantado al borde de una acequia: Da fruto en su sazón, y no se marchitan sus hojas; y cuanto emprende tiene buen fin.
No así los impíos, no así: Serán paja que arrebata el viento.
En el juicio los impíos no se levantarán, ni los pecadores en la asamblea de los justos; porque el Señor protege el camino de los justos, pero el camino de los impíos acaba mal.
¿Por qué se amotinan las naciones, y los pueblos planean un fracaso?
Se alían los reyes de la tierra, los príncipes conspiran contra el Señor y contra su Mesías: "Rompamos sus coyundas, sacudamos su yugo".
El que habita en el cielo sonríe, el Señor se burla de ellos.
Luego le habla con ira, los espanta con su cólera.
"Yo mismo he establecido a mi rey en Sión, mi monte santo".
Voy a proclamar el decreto del Señor, El me ha dicho: "Tú eres mi Hijo, Yo te he engendrado hoy; pídemelo, te daré en herencia las naciones, en posesión, los confines de la Tierra, los gobernarás como jarro de loza".
Y ahora, reyes, sed sensatos, escarmentad, los que regís la tierra: Servid al Señor con temor, rendidle homenaje temblando; no sea que se irrite, y vayáis a la ruina, porque se inflama pronto su ira.
¡Dichosos los que se refugian en El!
Señor, cuántos son mis enemigos, cuántos se levantan contra mí; cuántos dicen de mí: "Ya no lo protege Dios".
Pero tú Señor, eres mi escudo y mi gloria, tú mantienes alta mi cabeza.
Si grito invocando al Señor, él me escuchará desde su monte santo.
Puedo acostarme y dormir y despertar: El Señor me sostiene.
No temeré al pueblo innumerable que acampa a mi alrededor.
Levántate, Señor, sálvame, Dios mío: Tú golpeaste a mis enemigos en la mejilla, rompiste los dientes de los malvados.
De ti, Señor, viene la salvación y la bendición sobre tu pueblo.
Escúchame cuando te invoco, Dios defensor mío, tú que en el aprieto me diste anchura, ten piedad de mí y escucha mí oración.
Y vosotros, ¿hasta cuándo ultrajaréis mi honor, amaréis la falsedad y buscaréis el engaño?.
Sabedlo: El Señor hizo milagros en mi favor, y el Señor me escuchará cuando lo invoque.
Temblad y no pequéis, reflexionad en el silencio de vuestro lecho; ofreced sacrificios legítimos y confiad en el Señor.
Hay muchos que dicen: "¿Quién nos hará ver la dicha, si la luz de tu rostro ha huido de nosotros?".
Pero tú, Señor, has puesto en mi corazón más alegría que si abundara en trigo y en vino.
En paz me acuesto y en seguida me duermo, porque tú solo, Señor, me haces vivir tranquilo.
Señor, escucha mis palabras, atiende a mis gemidos, haz caso de mis gritos de socorro, Rey mío y Dios mío.
A ti te suplico , Señor, por la mañana escucharás mi voz, por la mañana te expongo mi causa y me quedo aguardando.
Tú no eres un Dios que ame la maldad, ni el malvado es tu huésped, ni el arrogante se mantiene en tu presencia.
Detestas a los malhechores, destruyes a los mentirosos; al hombre sanguinario y traicionero lo aborrece el Señor.
Pero yo, por tu gran bondad, entraré en tu casa, me postraré ante tu templo santo, con toda reverencia.
Señor, guíame con tu justicia, porque tengo enemigos, alláname tu camino.
En su boca no hay sinceridad, su corazón es perverso; su garganta es un sepulcro abierto, mientras halagan con la lengua.
Castígalos, Oh Dios, que fracasen sus planes; expúlsalos por sus muchos crímenes, porque se revelan contra ti.
Que se alegren los que se acogen a ti, con júbilo eterno; protégelos, para que se llenen de gozo los que aman tu nombre: Porque tú, Señor, bendices al justo, y como un escudo lo cubre tu favor.
Señor, no me corrijas con ira, no me castigues con cólera.
Misericordia, Señor, que desfallezco, cura Señor, mis huesos dislocados.
Tengo el alma en delirio, y tú, Señor, ¿hasta cuándo?
Vuélvete, Señor, liberta mi alma, sálvame, por tu misericordia: Porque en el reino de la muerte nadie te invoca, y en abismo, ¿quién te alabará?.
Estoy agotado de gemir, de noche lloro sobre el lecho, riego mi cama con lágrimas.
Mis ojos se consumen, irritados, envejecen por tantas contradicciones.
Apartaos de mí los malvados, porque el Señor ha escuchado mis sollozos; El Señor ha escuchado mi súplica, el Señor ha aceptado mi oración.
Que la vergüenza abrume a mis enemigos, que avergonzados huyan al momento.
Señor Dios mío, a ti me acojo, Líbrame de mis perseguidores y sálvame; que no me atrapen como leones y me desgarren sin remedio.
Señor Dios mío: si soy culpable, si hay crímenes en mis manos, si he causado daño a mi amigo, si he protegido a un opresor injusto, que el enemigo me persiga y me alcance, que me pisotee vivo por tierra, apretando mi vientre contra el polvo
Levántate, Señor, con tu ira, álzate con furor contra mis adversarios, acude a defenderme en el juicio que has convocado.
Que te rodee la asamblea de las naciones, y pon tu asiento en lo más alto de ella.
-El Señor es juez de los pueblos-
Júzgame, Señor, según mi justicia, según la inocencia que hay en mi.
Cese la maldad de los culpables y apoya tú al inocente, tú que sondeas el corazón y las entrañas; Tú, el Dios justo.
Mi escudo es Dios, que salva a los rectos de corazón.
Dios es un juez justo, Dios amenaza cada día.
Si no se convierten, afilará su espada, tensará el arco y apuntará.
Apunta sus armas mortíferas, prepara sus flechas incendiarias.
Mirad: concibió el crimen, está preñado de maldad y da luz al engaño.
Cavó y ahondó una fosa, caiga en la fosa que hizo; recaiga su maldad sobre su cabeza, baje su violencia sobre su cráneo.
Yo daré gracias al Señor por su justicia, tañendo para el nombre del Señor Altísimo.
¡Señor, dueño nuestro, que admirable es tu nombre en toda la tierra!.
Ensalzaste tu majestad sobre los cielos.
De la boca de los niños de pecho has sacado una alabanza contra tus enemigos, para reprimir al adversario y al rebelde.
Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has creado, ¿qué es el hombre, para que te acuerdes de él, el ser humano, para darle poder?.
Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad; le diste el mando sobre las obras de tus manos, todo lo sometiste bajo sus pies: Rebaños de ovejas y toros, y hasta las bestias del campo, las aves del cielo, los peces del mar, que trazan sendas por el mar.
¡Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!.
Te doy gracias, Señor, de todo corazón proclamando todas Tus maravillas; me alegro y me exulto contigo y toco en honor de Tu nombre, Oh Altísimo.
Porque mis enemigos retrocedieron, cayeron y perecieron ante Tu rostro.
Defendiste mi causa y mi derecho, sentado en Tu trono como juez justo.
Reprendiste a los pueblos, destruiste al impío y borraste para siempre su apellido.
El enemigo acabo en ruina perpetua, arrastraste sus ciudades y se perdió su nombre.
Dios está sentado por siempre en el trono que ha colocado para juzgar.
El juzgará el orbe con justicia y regirá las naciones con rectitud.
El será refugio del oprimido, su refugio en los momentos de peligro.
Confiarán en ti los que conocen Tu nombre, porque no abandonas a los que te buscan.
Tañed en honor del Señor, que reside en Sión, narrad sus hazañas a los pueblos; Él venga la sangre, Él recuerda y no olvida los gritos de los humildes.
Piedad, Señor, mira cómo me afligen mis enemigos, levántame del umbral de la muerte, para que pueda proclamar Tus alabanzas y gozar de Tu salvación en las puertas de Sión.
Los pueblos se han hundido en la fosa que hicieron, su pie quedó prendido en la red que escondieron.
El Señor apareció para hacer justicia, y se enredó el malvado en sus propias acciones.
Vuelvan al abismo los malvados, los pueblos que olvidan a DIOS.
El no olvida jamás al pobre, ni la esperanza del humilde perecerá.
Levántate, Señor, que el hombre no triunfe: Sean juzgados los gentiles en tu presencia.
Señor, infúndeles terror, y aprendan los pueblos que no son más que hombres.
¿Por qué te quedas tan lejos, Señor, y te escondes en el momento del aprieto?
La soberbia del impío oprime al infeliz y lo enreda en las intrigas que ha tramado.
El malvado se gloria de su ambición, el codicioso blasfema y desprecia al Señor.
El malvado dice con insolencia: "No hay Dios que me pida cuentas".
La intriga vicia siempre su conducta, aleja de su mente tus juicios, y desafía a sus rivales.
Piensa: "No vacilaré, nunca jamás seré desgraciado".
Su boca está llena de maldiciones, de engaños y de fraudes; su lengua encubre maldad y opresión; en el zaguán se sienta al acecho, para matar a escondidas al inocente.
Sus ojos espían al pobre; acecha e su escondrijo, como león en su guarida acecha al desgraciado para robarle, arrastrándolo a sus redes; se agacha y se encoge y con violencia cae sobre el indefenso.
Piensa: "Dios lo olvida, se tapa la cara para no enterarse".
Levántate, Señor, extiende tu mano, no te olvides de los humildes:
¿Por qué ha de despreciar a Dios el malvado, pensando que no le pedirá cuentas?
Pero tu ves las penas y los trabajos, tú miras y los tomas en tus manos.
A ti se te encomienda el pobre, tú socorres al huérfano.
Rómpele el brazo al malvado, pídele cuentas de su maldad y que desaparezca.
El Señor reinará eternamente y los gentiles desaparecerán de la tierra.
Señor, tú escuchas los deseos de los humildes, les prestas oídos y los animas; tú defiendes al huérfano y al desvalido:
Que el hombre hecho de tierra no vuelva a sembrar su terror.
|