| La lengua inglesa: ¿robo de identidad? |
| Por: Yilda Ruiz Monroy |
“Pretender borrar de un tajo nuestras raíces, es desconocer que ellas están grabadas indeleblemente en nuestra esencia incluso a pesar nuestro." |
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A veces creo que la lengua castellana está muriendo, avasallada por la invasión extranjera, fundamentalmente inglesa. Por dondequiera veo más y más personas que prácticamente han confundido y hasta “olvidado” su acento nativo porque ahora “dizque” hablan otro idioma (casi siempre el inglés). Su conversación está salpicada de extranjerismos –muchas veces mal empleados, dicho sea de paso- como para indicar que se tiene mucho roce internacional.
Triste es decirlo, pero a veces en ello incurren incluso profesionales de la lengua, con lo cual se demuestra una gran pobreza intelectual y emocional. Intelectual, porque un profesional tiene el deber de ser precisamente eso: un profesional, un modelo, un ejemplo. Algo anda mal si no encuentra las palabras en el idioma nativo. A lo mejor se erró al escoger la profesión. Emocional, porque demuestra carencia de raíces y, consiguientemente, de identidad. Y no es que no es que no se tengan raíces, sino que parece más atractivo hablar en idiomas que suenan raro, como bien dice el bambuco que interpretan magistralmente los hermanos Calero.
El idioma es parte de la identidad de un pueblo. Es el vehículo de comunicación de sus habitantes. Nosotros lloramos a nuestros muertos y desaparecidos en castellano. Maldecimos y gritamos en castellano. Amamos, soñamos y hacemos planes en castellano. Todo eso conforma nuestra identidad; es parte de la colombianidad y de la latinoamericanidad. La lengua nativa es el lente por el que nos asomamos al mundo, lo miramos e interpretamos. Su huella es tan indeleble, que Robinson Crusoe no la había olvidado cuando regresó a su Inglaterra natal después de casi 30 años de ausencia en soledad.
El río de amor que corre entre una madre y su hijo fluye por el vehículo del idioma. Por eso, no sólo en castellano, sino en muchas otras lenguas, también se le conoce muy acertadamente como lengua materna. Y es que la palabra nativa significa que nace naturalmente, como lo define el diccionario de la Real Academia. Pretender borrar de un tajo nuestras raíces, es desconocer que ellas están grabadas indeleblemente en nuestra esencia incluso a pesar nuestro. Por supuesto que es maravillosamente enriquecedor poseer una mirada universal, conocer otras culturas, aprender lo bueno y lo malo de ellas, hablar otros idiomas –y hablarlos bien-, pero esa mirada universal y cosmopolita sólo puede lograrse desde la conciencia de la propia raigambre.
Ahora bien: cuando un instrumento –en este caso el idioma- está al servicio de tantos y tantos usuarios (como se dice ahora), es lógico que sufra traspiés, trastornos y hasta enfermedades. Ni más faltaba que no cometiéramos errores.
Sin embargo, lo verdaderamente grave es la postración ante una lengua extranjera. Hemos llegado al punto en que no sólo se usan sin ton ni son palabras del inglés (olvidando que existe una palabra castellana para decir eso mismo), sino que hasta la semántica (el significado de las palabras) y la sintaxis (el orden de las palabras en la oración), que son el andamiaje sobre el cual se construye el idioma, han cedido ante la presión externa. Así, por ejemplo, la palabra compromiso ahora se usa en el sentido que tiene la palabra inglesa compromise: hacer concesiones, transigir, acordar. Ahora se escribe sin artículos ni preposiciones, como en una tarjeta que me dio alguien en un evento: Gerente Productos Agroconsumo.
Muy extensa es la lista de ejemplos que podría citar, pero no tengo espacio ni tiempo. Sólo deseo aportar mi grano de arena en la reflexión sobre la pérdida de identidad, de la cual el idioma no es más que uno de sus muchos síntomas.
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