Juventud: ¿divino tesoro?
Por: Yilda Ruiz Monroy
“Es paradójico que supuestamente valoremos tanto la juventud, pero la desperdiciemos por el camino que más rápidamente nos lleva a acabarla"

Somos una cultura (¿o incultura?) que rinde culto a la juventud.  Los medios de comunicación nos bombardean con fórmulas mágicas para parecer más jóvenes; fórmulas que fluctúan entre inocuos menjurjes  y costosas y arriesgadas cirugías con efectos de dudosa eficacia. Es muy difícil que una persona que pase de los 30 consiga puesto en el bello país del Sagrado Corazón. Hay quienes prefieren que les recuerden a su progenitora, antes que recibir el insultante calificativo de viejo

Nada de malo habría en ello, si no fuera  por lo que algunas veces se entiende como juventud.  El diccionario de la Real Academia nos da una definición muy exigua: energía, vigor, frescura.  Es claro que es la época de la vida en la que la vitalidad corre a raudales por los músculos, y quizá ése sea precisamente su mayor atractivo. Es la época en la que es pecado ser feo, pues se entiende como un axioma que la piel lozana y el tono muscular florecen per se.  El cuerpo “todavía” no se ha encorvado, ni los dientes se han caído.  Todo parece ser un edén de atractivo sexual.

Lo que pocas veces pensamos (sobre todo cuando se es tan joven), es que  la juventud mal administrada puede ser también la época en la que no se sabe qué hacer con tanta energía.  La desperdiciamos como si fuera un recurso eternamente renovable.  En lugar de aprovecharla para crear material e intelectualmente, en lugar de prolongarla por medio del ejercicio y la vida sana, se gasta (o se malgasta) en borracheras, cigarrillo, drogas y excesos sexuales.  La juventud es la época de la inmadurez.  El cuerpo alcanza su pleno desarrollo, y eso es lo que nos hace caer en el engaño de que YA somos adultos.  Sin embargo, emocionalmente aún nos queda mucho por crecer.

Fue muy triste el espectáculo que presencié en Villa de Leyva durante el pasado festival de las cometas.  Una festividad que con seguridad se creó para solaz de los habitantes y visitantes de la villa,  quedó convertida en un tumulto compuesto fundamentalmente por jóvenes –muchas veces demasiado jóvenes- la mayoría de los cuales agredían su cuerpo con grandes cantidades de sustancias nocivas.  Pasada la medianoche,  vi a niños y niñas (algunos de más o menos 13 años) vomitando y tirados en las calles, víctimas de un concepto erróneo de lo que es la juventud, y víctimas también de la falta de autoridad que reina en sus propios hogares.

¿Es para eso para lo que deseamos ser jóvenes?  En las culturas antiguas y en ciertas culturas indígenas se tienen en gran estima la madurez y la vejez, pues son la época de la vida en que la persona (supuestamente) ya ha aprendido lecciones valiosas y duraderas.  Ya no nos deslumbramos con oropeles, y actuamos con algo que es difícil poseer en la juventud: sensatez.    Es paradójico que supuestamente valoremos tanto la juventud, pero la desperdiciemos por el camino que más rápidamente nos lleva a acabarla.

Los programas educativos gubernamentales deberían incluir una cátedra sobre el desarrollo humano, lo positivo y lo negativo de todas la épocas de la vida (incluida la muerte),  sobre cómo prolongar la juventud hasta edades muy avanzadas, y cómo adquirir sensatez a edades más tempranas.   Es posible lograrlo, como lo demuestra la historia.  La cultura occidental, que entiende la juventud como sinónimo de atropello, agresión y desbordamiento, no es un destino inexorable.  Ha habido pueblos en los que las diversas generaciones  han trabajado mancomunadamente en pro de ideales comunes de progreso social e individual.  Fundamentalmente es cuestión de valores.

Si desea hacer comentarios escriba a: yilda@seamlessvoices.com
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