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El árbol de la lealtad
Por: Yilda Ruiz Monroy

“En medio de las innumerables decepciones que aportaron una gran cuota a la muerte de Bolívar, por lo menos  tuvo el lenitivo de haber contado siempre con la lealtad a ultranza de la única mujer que estaba a su altura: “Manuelita, su Manuelita, nuestra Manuelita”.  


En el enorme y tupido bosque de las virtudes humanas hay un árbol cuyas ramas se extienden a gran distancia, y cuyas raíces son largas, profundas y gruesas.  Sus hermanos lo reverencian por reconocerlo como el más digno de respeto entre todos. Su tronco es liso, lo que hace muy difícil su ascensión. Sus frutos son altos y de sabor agridulce, y sólo muy pocos han logrado probarlos.  Es el árbol de la lealtad.

En lo más alto de su frondosa copa mora una figura solitaria, única, enhiesta:  Manuela Sáenz. “Manuelita, mi Manuelita”, como la llamaba cariñosamente El Libertador.

Bien merece Manuela el lugar honorífico en lo más alto del árbol, pues hizo sobrada gala de la mayor y más difícil de todas las lealtades: a sí misma.  Esa lealtad inquebrantable a sus convicciones, a sus sentimientos, a sus ideales, fue lo que le permitió alcanzar cotas muy altas de lealtad a otros: a Bolívar, a la causa de la independencia, a sus amigos, a sus esclavas Natán y Jonotás, que la acompañaron desde la infancia, y que fueron en realidad sus hermanas y confidentes.

Y es que sólo una lealtad a toda prueba puede explicar que, en la miseria de sus últimos días, Manuela hubiera rechazado jugosos ofrecimientos de dinero a cambio de hablar mal de El Libertador.  Veintiséis años sobrevivió a Bolívar, desterrada, repudiada, rechazada prácticamente en todas partes, en la pobreza casi absoluta, condenada a vivir en el húmedo, sofocante e insalubre pueblo de Paita, en Perú.  Tuvo oportunidades de vivir una vida muelle al lado del marido que abandonó para seguir a Bolívar, pero todo lo dejó a un lado para escalar el árbol de la lealtad.  Heredera de una gran fortuna que nunca recibió, Manuela prefirió el destierro a la traición.  Víctima de una caída, optó por vivir minusválida sus últimos días, postrada en una lánguida hamaca, antes que vender las cartas del amado.

Su belleza y su juventud se marchitaron, mas no su lealtad.  Incontables veces salvó la vida de Bolívar, incluso con gran  riesgo de la suya propia.   El título de Coronel del Ejército Libertador le fue otorgado por su valor, intrepidez e inteligencia militares, virtudes que ella exhibió a raudales, y que cultivó sin detenerse a pensar que no era bien visto que una mujer se involucrase en la vida militar. Tampoco le importó que jamás llegara a ser la esposa de Bolívar, y que muchos la consideraran simplemente “la amante” del general.

Todo en Manuela era pasión y lealtad.  Es cierto que sus pasiones a veces la llevaron a excesos y errores, pero la historia jamás podrá poner en duda su integridad. Cuando conoció a Bolívar, ya había sido condecorada por San Martín por su notable valor y entrega al servicio de la independencia.

Si alguna mujer es digna admiración y respeto, es ella. Que su luz nos sirva de guía cuando la lealtad nos flaquee opacada por oropeles materiales. En medio de las innumerables decepciones que aportaron una gran cuota a la muerte de Bolívar, por lo menos  tuvo el lenitivo de haber contado siempre con la lealtad a ultranza de la única mujer que estaba a su altura: “Manuelita, su Manuelita, nuestra Manuelita”.  

Si desea hacer comentarios escriba a: yilda@seamlessvoices.net
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