
Erradicar para morir de hambre
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"Adelante Presidente", se lee en la camisa de un muchacho que deambula por las calles en donde, hasta el billar, exhibe su luctuoso cartel: “se vende este negocio”. |
Lo que sucede actualmente en el Municipio de Florián, al sur del departamento de Santander, es una radiografía cuyos resultados reflejan igual diagnóstico en por lo menos el 40% de los municipios pertenecientes a la geografía del olvido en Colombia.
El flagelo del desempleo, la carencia de recursos, la decisión de abandonar el campo, el hambre y, en general, el sentimiento de rabia contra un Estado que se muestra zalamero a la hora de prometer y gruñón a la hora de responder, se refleja en las caras de los campesinos que con mirada baja recorren las calles o, azadón en mano, se dan a una brega sin compás para merecer, en el mejor de los casos, un jornal que apenas llega a los 8 mil pesos.
Conocí un Florián hace cuatro años y hoy lo encuentro radicalmente distinto. Del pueblo que con orgullo mostraba los resultados positivos al haber tomado la determinación de arrancar la coca para sembrar papaya; del bienestar que se respiraba en ese entonces y que se reflejaba en la salida diaria de tres o cuatro camiones cargados del verde fruto y la entrada de un número igual pero cargados de cerveza, la verdad queda muy poco.
En cada cuadra dos o tres avisos con la sentencia final: "se vende esta casa", ilustran claramente la situación. El pueblo está en venta, todos se quieren ir, dice Enrique Reyes, el joven alcalde que sabe que no puede quedarse cruzado de brazos llorando la suerte de sus gentes y, por tanto, no para de tocar todas las puertas con su eterno memorial de necesidades bajo el brazo.
Arreglar y dejar transitable la carretera (hoy, recorrer el tramo de 65 kilómetros hasta Barbosa tarda cinco horas). Nombrar profesores del pueblo y no los ajenos que le impone la Secretaría de Educación (un paño de agua tibia para el desempleo) y no dilatar más el pago de los subsidios ofrecidos con bombo y maracas a los campesinos que se incorporaran al programa "familias guardabosques", nombre por demás apenas propio de una cabecita brillante de Harvard que se imaginó que sustituir la coca para plantar café, maíz o lulo, era tan fácil como una misión de Hugo, Paco y Luís.
"Adelante Presidente", se lee en la camisa de un muchacho que deambula por las calles en donde, hasta el billar, exhibe su luctuoso cartel: “se vende este negocio”. Radiografía de un pueblo donde el pesero pasó de sacrificar nueve reses en una semana normal, a una sola, con el agravante de que a veces se le queda la carne. Un pueblo donde, en los buenos tiempos, se gozaban las ferias, se jugaba a los gallos y el problema de la droga, la delincuencia juvenil y otros flagelos, les eran ajenos.
Adelante Presidente, que para fortuna de estos campesinos por lo menos quedó aplazado el TLC pero las sillas vacías de los Senadores van a ser la disculpa perfecta para que se diga que Santander no tiene representatividad legislativa y por ello no es posible soñar con la carretera. |