Vendo chatarra
Por: María Lucía Abello
“Con lágrimas en los ojos acepté haber hecho un mal negocio y a la vez desistí de la idea de vender chatarra, de crear empresa, de ser una joven millonaria. Al menos me alcanzó para pagar el bus y un ponqué Gala"

La verdad de esta historia es que fui por lana y salí trasquilada o, para ser más exactos, vendí chatarra y salí robada. Por eso, mis deseos de convertirme en una emprendedora más en Colombia quedaron truncados después de que pasó un señor y su hijo en una zorra y me dieron unos míseros pesos por lo que seguro sabían que era una mina de oro.

Todo empezó con una fatiga inexplicable que sentía siempre que entraba al apartamento. Además de estar 2600 metros más cerca de las estrellas, hay que escalar cuatro pisos para, finalmente, poder sacar las llaves y abrir la puerta. Mas cuando pensaba que al entrar podía cantar victoria, algo seguía fastidiándome. Ya cansada, un domingo cualquiera decidí organizar el desorden y en cada esquina encontraba la causa de mi malestar: una grabadora dañada, una impresora inservible, un televisor Sony de 12 canales; cosas oxidadas, piezas sueltas de alguna máquina.

Al ver el caos, decidí que no quería botar todo eso sino encontrar una manera de sacarle algún provecho económico. Creo que mi instinto empresarial salió a flote después de ver cómo dos muchachos, mitad hombres, mitad delfines, recién graduados de la universidad (uno de ellos hizo copia en un examen) compraban unos lotes, que seis meses después se convirtieron en zona franca y que por una serie de decisiones públicas, éstos pasaron de costar 8600 millones a 135 mil millones de pesos. Yo también acabo de graduarme y si ellos crearon empresas de reciclaje, ¿por qué no una empresa de chatarra?, pensé.

Muy al estilo visionario y futurista de Samuel Moreno, consideré la idea de la empresa para el largo plazo. Por ahora sólo buscaría información de precios. Llamé a Babaria Chatarrería (no a Bavaria, la que le vendió el lote a Tom y Jerry y que firmó un contrato de estabilidad jurídica) y a El Cachibache (sic), pues recogían a domicilio. “Le pagamos 250 pesos por kilo” dijeron. Sumando todo, el total eran máximo 4 kilos o mil pesos para ser exactos. Me desanimé un poco al oír la cifra y preferí entonces esperar a que pasara una zorrita a recoger los trastos, mientras soñaba con negociar montañas de acero y hacerme rica.

Cuando vi un caballito en el horizonte, alisté toda mi basura y bajé corriendo las escaleras. El señor me ofreció dos mil pesos y me di por bien servida. Hasta que alguien me dijo: “¿cómo se le ocurre? El televisor tendrá un contacto averiado, la grabadora está entera, quizás hay que cambiarle el cable, y la impresora era cuestión de probarla con un cartucho nuevo”.

Con lágrimas en los ojos acepté haber hecho un mal negocio y a la vez desistí de la idea de vender chatarra, de crear empresa, de ser una joven millonaria. Al menos me alcanzó para pagar el bus y un ponqué Gala. Y para mi consuelo, me convencí de que el señor tuvo suficiente plata para llevar tamal y chocolate a su casa esa noche.
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