Simón, Manuela y Bogotá
Por: María Lucía Abello
“No existe un solo país hoy en día, pero los gobernantes quieren tomar decisiones que involucren a los tres, quieren influir en las políticas del otro y criticarlas con fiereza. Ahí es cuando los odios empiezan a acentuarse y las diferencias a tornarse violentas"

“Aquella tarde fue como muchas otras en Bogotá: llovía sin parar  y el frío de la sabana paralizaba a cualquiera. Por la noche, las nubes ya no estaban y una que otra persona se veía caminar por las calles. De pronto, un capitán borracho de la chicha salió gritando, se reunió con otros revoltosos y salieron rumbo al Palacio de San Carlos.

Por suerte, allí se encontraba una muchacha conocida por ser voluntariosa, audaz  y tener mucho carácter para alguien de su época. Subió hasta la habitación de un señor que tenía 45 años en ese entonces y quien sufría una leve fiebre para finalmente confirmar que las sospechas de una posible conspiración para matarlo eran ciertas. Los mastines ladraban mientras el borracho y otros militares acababan con cualquiera que se encontrara a su paso. En el entretanto, el señor que estaba con ropa de dormir, trató de vestirse y en vez de enfrentar a sus enemigos, la mujer que tanto lo amaba lo convenció de saltar por la ventana. Esperó agazapado un rato, hasta que empezó a correr con rumbo al puente de San Agustín.

El día: 25 de septiembre. El año: 1828. La quiteña Manuela Sáenz había logrado que Simón Bolívar saliera ileso del tercer intento de asesinato en menos de tres meses.

Lo que la libertadora del Libertador no sabía, es que también había salvado a la Nueva Granada y a Bogotá “ante la historia”, según una de sus biografías. Salvó a este país de haber sido condenado por los siglos de los siglos a ser el magnicida del General.

La idea de recordar la historia que alguna vez fue la misma para los tres países, con Simón siendo el motor que perpetuaba su unión, es que en este caso cuando uno de ellos trató de atentar contra otro, estaba el tercero para mediar y evitar el caos. Existía un vínculo intrínseco que significaba algo más que un mapa político de tres regiones hechas una sola.

Casi doscientos años después de la creación de la Gran Colombia, somos tres países debidamente conformados. Cada uno tiene su constitución, sus leyes y sus gobernantes elegidos democráticamente; y aunque las relaciones están algo debilitadas por distintas razones, una nueva Manuela Sáenz aparece. Ecuador decidió usar los medios diplomáticos para reanudar la relación pacífica y concertada de los dos países, y al mismo tiempo está sirviendo de ejemplo para que el gobierno de Venezuela reconsidere su continua ofensiva contra Colombia.

Ese es el derecho de las cosas: que cuando un par de hermanos estén discutiendo por problemas graves a los que se les puede encontrar solución, entre el tercero y pueda ser la cabeza fría en ese momento. No existe un solo país hoy en día, pero los gobernantes quieren tomar decisiones que involucren a los tres, quieren influir en las políticas del otro y criticarlas con fiereza. Ahí es cuando los odios empiezan a acentuarse y las diferencias a tornarse violentas.

Manuela y Simón fueron indispensables el uno del otro en Bogotá, el tercer personaje de esta historia. Hoy, los protagonistas son los presidentes, quienes decidirán cuál será el final de esta novela del siglo XXI: si la guerra o la paz.

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