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Soy un güevón
Por: Jairo Alfonso Martínez Gómez

Fui, sigo siendo y espero no dejar nunca de ser el mismo güevón de siempre, el que inventa historias, el que puede vivir en otros mundos, el que antepone la libre imaginación a la cárcel de lo establecido

No digo esto por creerme tonto –aunque probablemente sí lo sea- o por no haber participado en peculado alguno; tampoco lo soy por no faltar a la palabra dada, por no haber amañado licitación o haber abierto la boca cuando lo conveniente era callar ni, menos, por haber mandado al carajo al dios que le da vida y fortuna a tanto pastor perverso que manipula y explota a sus ovejas mansas. No digo ser güevón por inhibirme en aprovechar influencias, por querer sin medida a mis hijos o por emocionarme hasta la médula con las ocurrencias de Crótatas.

Fui, sigo siendo y espero no dejar nunca de ser el mismo güevón de siempre, el que inventa historias, el que puede vivir en otros mundos, el que antepone la libre imaginación a la cárcel de lo establecido, el que busca, el que encuentra, el que se halla, el que se pierde, el que va, el que viene. Y es que güevón no viene de ‘tontón’ sino de ‘huevo’, el mismo testículo, que además de ser el símbolo de lo masculino, de la fertilidad, lo es también de la creatividad. Así pues, ser güevón no implica de manera alguna tontería, bobería o capacidad de emocionarse sino todo lo contrario: es ser fértil, sensible, creativo, imaginativo.

De otra parte, y para información de los güevones que leen esta columna, la palabra ‘testículo’ proviene de “testiculus” -“testis” (testigo) y “culus” diminutivo-. Es decir, los testículos son los pequeños testigos. Por esto, en tiempos del Imperio romano, y antes de que escritores desocupados hubiesen creado la biblia, quienes prestaban juramento se agarraban los testículos con la mano derecha en señal legal de que iban a decir la verdad y en aceptación de que les cortaran aquellos si faltaban a ella. De manera que mostrar públicamente la condición de güevón era el guiño, la señal que tranquilizaba a todo el mundo.

Hoy, en este país todavía encomendado al Sagrado Corazón, el juramento se hace con una mano sobre la biblia y ¿quién se asusta porque le vayan a cortar un libro? ¡Ni güevón que fuera!

Si queremos que este país funcione, que los empleados públicos, los esposos, los políticos, los contratistas y los reos cumplan su palabra y digan la verdad, deberíamos volver a la costumbre de los viejos romanos y hacerlos jurar públicamente agarrándose los testículos. El problema es que si son mujeres ¿qué se agarran para que quedemos tranquilos? ¡Vaya, esto no lo tenía pensado, mucha güeva!









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