| Romper las cadenas |
| Por: Jairo Alfonso Martínez Gómez |
“Cuando formamos parte de algo, cuando seguimos a algo o a alguien, así sea Dios mismo, estamos reconociendo que no fuimos capaces, que necesitamos un remolque, un bastón, lo que sea que nos diga y haga por nosotros lo que no pudimos”
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La lucha por la libertad ha sido una de las constantes del hombre a lo largo de toda la historia de la humanidad, sin embargo, estamos aún muy lejos de lograrla y más, todavía, de expresarla vivamente para hacer de nuestra existencia un viaje digno, interesante y trascendente.
En épocas anteriores la libertad se refería al fin de las cadenas que mantenían sujetos a los hombres como esclavos de otros hombres o a la independencia de los pueblos respecto de otros que los gobernaban y saqueaban a su antojo. Estaba presente, además, la esclavitud religiosa que ataba al hombre a una creencia y lo obligaba a aceptar toda una serie de normas que no eran otra cosa que formas sutiles o groseras de someterlo para hacer de él un bien productivo a la empresa llamada religión.
Las cadenas de la esclavitud pasaron de ser fierros visibles que se adherían con candados al cuerpo físico a surcos invisibles en la conciencia. La diferencia está en que ahora, como no vemos lo que nos ata, creemos que somos libres pero como nunca en la historia estamos condicionados, determinados, programados y utilizados.
En Colombia, por ejemplo, creemos que hoy somos libres, un país independiente que se autorregula y se determina dentro de un sistema político que llamamos democracia. Esta visión se refuerza con el programa que se adelanta para celebrar el bicentenario de la independencia, con la reedición de la ruta libertadora, con tener el “derecho” de votar en unas elecciones, con la protesta contra un presidente extranjero que insulta al presidente local y muchas otras formas que, supuestamente, son propias de un país libre.
Sin embargo, no es cierto nada de esto. La gente, en una gran mayoría, vota porque le programaron el cerebro –y el estómago también- y ejerce su derecho para poder ir a la costa de vacaciones aunque todos los días vive la angustia de no poder salir ni a la esquina porque pueden robarlo o matarlo. No somos un país que se autorregula, vivimos implorando la ayuda, el socorro, la protección extranjera, y para hacer méritos entregamos la soberanía con tal de que nos lleguen algunas migajas. Pero nada de esto vemos y hay quienes hasta se hacen matar para seguir manteniendo el actual estado de cosas, aunque el actual estado de cosas termine por matarlos a ellos y a todos los demás.
La esclavitud no es sólo en lo político, está en todos los órdenes de la vida. Cada grupo al que aceptamos pertenecer, es una cadena más que nos mantiene esclavos; si somos católicos, conservadores, masones, hinchas del Atlético Bucaramanga, de la Legión de María, de lo que sea que formemos parte, somos esclavos porque dependemos de eso, porque debemos defender sus normas, sus principios, aunque ello sea un error, un mal, una inmoralidad.
Cuando formamos parte de algo, cuando seguimos a algo o a alguien, así sea Dios mismo, estamos reconociendo que no fuimos capaces, que necesitamos un remolque, un bastón, lo que sea que nos diga y haga por nosotros lo que no pudimos. Cuando seguimos a algo o a alguien estamos entregando la libertad y reconociendo nuestra propia pequeñez. |