| Adultos mayores |
| Por: Crótatas |
“Creí que la noche iba a ser más negra que la del Bucaramanga cuando enfrentó al Pereira pero no, no fue así, fue muy divertida y, además, se convirtió en una clase de prehistoria como nunca había tenido” |
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En la reunión que hizo mi tía Martha para celebrar el grado de Alejandro Jairo, me tocó por suerte sentarme en una mesa donde había cinco viejitos cuyas edades oscilaban entre los 50 y los 55 años. En un principio creí que la noche iba a ser más negra que la del Bucaramanga cuando enfrentó al Pereira pero no, no fue así, fue muy divertida y, además, se convirtió en una clase de prehistoria como nunca había tenido.
En la mesa, para que vean la diversidad, estaban dos médicas, una abogada, un ingeniero, otro médico y yo, un joven con la tecnología de punta en el hocico pero con muy poco conocimiento de la historia de mis antepasados. Mientras cenábamos, una de las médicas dijo con mucha preocupación: “¿cómo les parece que en Coomeva a los mayores de 45 años ya nos consideran adultos mayores?”. Yo no entendí que quería decir pero ellos, todos, abrieron los ojos, se miraron, y luego, con la servilleta, se secaron las lágrimas. Adultos mayores, decían los comensales, son los que tienen más de 60, o 65, y nunca los de 45 que aún no sufren de artritis, tembladera, astigmatismo y todavía hacen ejercicio como en los 30´s.
Cuando vi que la cosa se ponía muy trágica, saqué mi celular y llamé a María Paula que a esa hora dormía en la gran manzana. Al oírme, la abogada dijo: “crotaticas tu eres afortunado, en nuestra época para llamar a alguien a Nueva York podíamos durar una semana”. Luego, el ingeniero, señaló: “eso no es nada, en el teléfono de Crótatas hay una calculadora mil veces mejor que la regla de cálculo que nosotros usábamos cuando entramos a la universidad”. El médico, que había estado en silencio, no se quedó atrás. Con tono picarón dijo: “Crótatas, ¿te imaginas que antes no podíamos ir de vacaciones con nuestras novias como hacen ustedes ahora?” Dijeron muchas cosas más, como que muy poco se hablaba de sexo, que no se usaban condones, que el mundo solo llegaba hasta Bogotá, Cali o Medellín, etc.
Al escucharlos, tan resignados, pensaba que los de Coomeva quizás tienen razón. Si estas personas, muy queridas todas, tuvieron que presentar sus informes hechos en máquinas de escribir; hicieron las cuentas, los cálculos de física, matemáticas o topografía, con reglas de cálculo; si, para comunicarse con alguien, tenían que esperar una semana; si a los 30 años no sabían que era un computador y si se iban sin sus novios o novias a sus vacaciones en Estados Unidos, tienen más de cien años y deben estar entre los adultos mayores, sin duda alguna.
Al final vino el postre y la amargura se diluyó, todos sonreímos, felicitamos a Alejandro y nos dirigimos a la salida. Las médicas caminaban con algo de dificultad, el ingeniero trató infructuosamente de abrir un carro que no era el suyo, la abogada se escondió detrás de unas monumentales gafas y el médico tuvo que ser asistido con respiración artificial pues no pudo con el ascenso hasta el parqueadero. ¡Qué vaina ser un adulto mayor! |