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En el corazón del Chicamocha



Este es el título del nuevo proyecto editorial del fotógrafo y comunicador social Mauricio Olaya Corzo, quien gentilmente ha querido compartir un avance de su obra con EL COMPÁS, para deleite de todos ustedes


LOS BARRIGONES DEL CHICAMOCHA

La Cabalenecia chicamochae o Ceiba Barrigona es una especie de árbol endémico de Santander, es decir, que en todo el mundo sólo se encuentra en territorio de nuestro departamento, en la región del Cañón del Chicamocha.

Los había visto quizá en una o dos oportunidades, literalmente colgados de peñones imposibles de acceder, en cercanías al corregimiento de Pescadero. De hecho, me parecían una especie de árboles fantasmas que vigilaran desde lo alto del Cañón cualquier intento de invasión de sus territorios.

Ahora los tenía a menos de un metro de mi cámara. La iniciativa de acercarme a ellos tenía dos antecedentes, la reciente amistad con el abogado, naturalista, caminante y fotógrafo Jorge Willian Sánchez y más reciente aún, la del ex juez y connotado abogado, que también excelente fotógrafo, Pedro Ribero.

Del primero, había sabido de sus aventuras por lo más profundo de Cañón del Chicamocha, en cercanías a la Laguna de los Ortices en el Municipio de San Andrés, donde se había topado con el espectáculo visual de estos árboles en plena producción de su colorido fruto, lo que sumado a la filigrana suntuosa de sus ramas dispersas a partir de la copa de su voluminoso tronco, constituían una verdadera sinfonía natural a la majestuosa presencia de la madre tierra, en medio de la aridez de las ocres tierras del Cañón.

Por culpa de Pedro Ribero pasé de escuchar la historia a ser protagonista de ella. Acompañados cada uno de un guía que más que marcar el camino, nos servía de soporte para sostenernos en esos riscos que para ellos eran de su plena naturaleza, emprendimos un extenuante ascenso hacia lo alto de la montaña, apenas medianamente iluminados por los primeros rayos del sol que asomaban a un costado del Cerro de La Teta, desde donde se vigila buena parte del Cañón y le sirve de escarpado viacrucis a los naturales del Aratoca.

Desde allí, y prácticamente asidos de cuanto elemento vegetal o orográfico nos lo permitiera, iniciamos un tránsito lateral que nos acercaba o, por lo menos, nos ponía inicialmente a ojo de lente de estos monumentales árboles. Pedro comenzó entonces a entonar su propio himno alegórico a los Barrigones, saludando a cada uno de ellos por su propio nombre: Blanca Nieves, Pulgarcito, Los Tres Mosqueteros, Paladín, El Quijote, Madre Monte, entre mucho otros.

Era una verdadera maravilla encontrarnos con este espectáculo de vida en medio de la soledad de esta montaña esquiva al visitante.

En el reposo, conocí de los cuatro grandes momentos de obligada reverencia fotográfica del Barrigón. La florecencia, que coincidía con la época de esta visita, donde el árbol pierde todas sus hojas y en sus estambres comienzan a asomar unas delicadas y tupidas flores blancas. La aparición de los frutos cuando lleguen las lluvias de abril, los cuales marcarán los árboles de color naranja, rojo y amarillo. El cambio de hojas en un proceso que puede durar algo más de un mes, hasta llegar a encontrar el árbol sin una sola hoja entre sus ramas y por último, el nacimiento de las nuevas hojas que en su primer momento adquieren un hermoso color verde manzano.

En todas estaremos presentes, un compromiso conmigo mismo, con el Cañón y con su hija preferida, la Ceiba Barrigona.


César Mauricio Olaya Corzo
Comunicador Social - Periodista
Fotógrafo Profesional
Celular 314 8941665


 








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