Palabras... palabras... palabras
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Uno de nuestros lectores nos envió un mensaje en el que señalaba textos escritos por Pepe Trívez que realmente valen la pena tanto por su fondo como por su forma. Los invitamos a leerlos con la seguridad de que se deleitarán al hacerlo.
4 años
En las relaciones, como en democracia, debería haber elecciones generales cada cuatro años. Mi programa electoral estará vacío de promesas y repleto de versos, desnudo de intenciones y rebosante de deseos. No habrá mítines ni arengas porque contigo ando siempre en campaña.
Propongo mantener la soberanía en el mismo amor que la fundó, un amor hondo y profundo que forjó una coalición que ignora nuestros intereses y mira siempre a los ojos. Reformaremos si hace falta nuestra Carta Magna, que para mí, hacia ti... sea siempre Carta Blanca.
Respetaré sin condiciones ni negociación tu “estado de las autonomías”, tu idiosincrasia y tu idioma tantas veces fabricado de silencios y de gestos a escondidas -que son los que guardan los sentimientos de veras-.
Construiremos juntos -espero- una ciudad -un hogar- más habitable y más tierno. Un lugar donde llegar, donde volver, donde esconderse o llorar. Un lugar que nos recoja de vez en cuando hechos pedacitos después de dejarnos la piel (el alma no, el alma es sólo nuestra) en una de tantas batallas de esas perdidas que emprendemos a diario.
De los dos, atenderemos siempre al más débil. Protegeremos las dudas y las indecisiones. Animaremos en los momentos de flaqueza y disfrutaremos hasta dolernos los tiempos de bonanza.
En cuatro años de balance... se me ocurren cuatrocientas razones para renovar este pacto de gobierno... Hoy se celebran nuestras elecciones generales y yo, de nuevo, te elijo a ti, por MAYORÍA ABSOLUTA.
Palabras “de más”
Hay palabras que sobran, que estorban, que interrumpen, que no dicen nada. Hay palabras que, como una visita inoportuna, están de MÁS.
En el (casi) sagrado acto de la escucha hay palabras que, como en la más cruel de las antiguas tradiciones, matan al mensajero: las palabras de Otro que se habían regalado honestas, sinceras, generosas. Los "sí...pero", los "es que...", los "sin embargo", los "yo pienso...", los "en mi opinión..." destruyen la belleza, la novedad, la sorpresa encerrada en el relato del Otro, que es su propia vida, cuando es de verdad.
Palabras que matan en lugar de dar vida, en lugar de animar, de extender, de estimular, de encender... las palabras que me das. En lugar de tirar del hilo como los "cuéntame más...", los "explícamelo", los "enséñame", los "hazme entender"... cortan la hebra que teje los sueños.
Sobran las palabras que dudan, que cuestionan, que critican, que ironizan, que matizan, que provocan. Poner "reservas" a las palabras del Otro es "guardarse", "reservar" mi propio pensamiento, mi propia verdad. Escatimar mi atención y mi mente por miedo a disolverme en tu historia, en tu cuento, en tu verdad.
Las palabras dan tanto miedo como el amor. Y si no deja uno que los besos, las palabras, se extiendan, se alarguen, se vuelvan soberanos... no acariciaremos jamás el rostro del amor, el olor de la verdad. Cada palabra medio-escuchada es un beso mal dado y una caricia descuidada. Cada palabra enterrada en matices, discursos, disensos, debates y polémicas es una palabra perdida, una palabra de menos. Y las mías, ahora ya, palabras "de más".
Palabras casi perfectas
Nadie es perfecto. Los años y los daños nos lo van repitiendo como un murmullo suave y recalcitrante. Nadie es perfecto. No hay nadie que sea capaz de escuchar mis silencios, de ignorar mis palabras, de hablarle a mis miradas y de acallar mis dudas. Tú no eres perfecta, pero casi.
No hay nadie que se trague mis cuentos, que me escuche encandilada más allá de 10 minutos, que se despierte y me mire... y sonría. Tú no eres pefecta, pero casi.
No hay nadie tan divino, tan humano que sea capaz de ver más allá de las bravuconadas, de las alharacas y los aspavientos que a veces hacen de mi vida un molinillo de viento. Tú no eres perfecta, pero casi.
No hay nadie que aguante el mal humor de la gripe, la hostilidad del silencio, las tardes urañas y las mañanas perezosas. Tú no eres perfecta pero casi.
Nadie es perfecto y el tiempo como una lupa nos muestra las imperfecciones, los surcos, las señales y las marcas... Nadie es perfecto pero yo tengo a mi lado... besos de desayuno, miradas que son caricias, tu cuello sobre el regazo, tu tiempo estirado y largo, el sol oculto en tus manos, el fuego, las travesuras, las pullas, los noteaguanto, el café por la mañana, los pies fríos, calcetines, el cuidado... Tú no eres perfecta... pero casi.
Palabras de ausencia
Me gustaría poder desprenderme de mis palabras como de la chaqueta al llegar a casa. Dejarlas posadas distraídamente sobre la butaca, o apiladas en la encimera de la cocina, o arrugadas en el fondo del cesto de la ropa sucia. Para que estos días -los días de ausencia- te tropieces con ellas en el pasillo, te asalten al abrir los cajones de la cómoda o se enrosquen en tu pelo brotando de los pliegues de la almohada.
Me gustaría notar al subir al tren que las palabras han huído de mi mente, que no queda ninguna de reserva en mi garganta. Me gustaría descubrir al pasar el revisor que he olvidado mis palabras sobre el sofá en el que tú descansarás, leerás el periódico y extenderás papeles sin límite enterrando mis palabras que se esconderán tímidas para susurrarte en unas horas, en unos días, cuando yo no esté: no olvides que te quiero.
Lo que te pida el cuerpo (y el alma)
El fin de semana decidió no trabajar. Dedicárselo a ella misma. A leer. A disfrutar del sol tibio del domingo casi invernal. No quiso quedar con aquellos conocidos que tan lejos siente a veces. No se llevó el trabajo a casa ni dejó que los reproches cotidianos entraran en su alma acantonada en lo hondo, desperezándose de rutina. No puede controlarlo todo. No quiere controlar nada. Sólo dejar que fluyan la espera y los matices, sólo sentir levemente el susurro de su corazón junto al suyo. El fin de semana decidió no trabajar. Decidió hacer, simplemente, lo que le pidiera el cuerpo (y el alma) que se funden en sus sentidos trascendidos de tacto, de vista, de olfato por la belleza que la eleva y le deja la mirada al infinito.
Lo que te pide el cuerpo es siempre sabio aunque no práctico. Lo que te pide el alma es siempre honesto aunque no correcto. Lo que te pide el cuerpo se posa suave sobre la piel de los besos. Lo que te pide el alma se esfuma cuando lo buscas con demasiadas ansias.
Ella conoce los secretos de las "necesidades". Ella vive pendiente, a la escucha atenta a lo que el cuerpo (y el alma) reclama como suyo. Ella decidió no trabajar nunca más en fin de semana. |