José Alberto Mejía
“Para qué llamar caminos a los surcos del azar…?”
Por: Alicia Hauscarriague – Jairo Alfonso Martínez Gómez |
Caminante son tus huellas
el camino nada más;
caminante no hay camino
se hace camino al andar.
Al andar se hace camino
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Antonio Machado |
El encuentro fue absolutamente casual. Un día cualquiera, en Gualeguay, Provincia de Entre Ríos, Argentina, Alicia Hauscarriague –columnista y colaboradora de El Compás desde sus inicios- salía de visitar a su hermano cuando en la acera divisó una bicicleta que llamó su atención porque en una canasta que llevaba acoplada, se veía una banderita amarillo, azul y roja, que podía ser colombiana pero también ecuatoriana o de Venezuela.
Esperó y a los pocos segundos apareció el hombre. El pelo blanco y los gruesos surcos en su cara lo mostraban como un guerrero de mil batallas que, sin embargo, se dirigía tranquilo a tomar su vehículo. Bastó un instante para que Alicia se sintiera atraída por aquel singular personaje y, sin pensarlo dos veces, le preguntó:
- Disculpe señor, ¿esa banderita que usted lleva es colombiana?
- Claro señora, es que yo soy colombiano, ¿por qué lo pregunta?
- Bueno, yo me siento colombiana. Me gustaría invitarlo a tomar un tintico para que hablemos ¿puede? |
|
“Tintico” fue la palabra mágica que abrió las puertas a un diálogo que aún después de dos meses, no cesa.
-¿Un tintico? Mire que hacía mucho tiempo no oía esa palabra y me trae los más bellos recuerdos. ¡Claro que quiero uno!
Esa noche, gracias al Internet, Alicia me contó de su encuentro y quedamos en que lo llevaría a su casa al otro día para que a través del Messenger yo pudiera conocerlo y hablar con él. A la hora convenida encendí el computador, conecté la cámara y ahí estaba junto a la “colombiana”, como afectuosamente la llama.
Me impresionó su presencia: un sombrero amplio con galardones que le colgaban en redondo y una espesa barba blanca (se afeitó para las fotos) me hicieron pensar que hablaba con el mismo Quijote de los molinos de viento, el hombre de las mil aventuras, bueno, inocente, de mirada inquieta. Luego de un breve saludo, Alicia le acomodó el micrófono y comenzamos esta charla…
Empecemos por conocernos, ¿quién es usted?
Soy José Alberto Mejía, nací en un pueblito ubicado a 130 kilómetros al oriente de Medellín, que se llama Tarso (departamento de Antioquia) pero como todo antioqueño, muy nómadas, a los cinco años viajamos a Mistrató, Risaralda, La Virginia. Luego, me fui solo para Armenia, donde pasé la mayor parte de mi juventud y de allí a Girardot. |
|
Nací el 8 de mayo de 1927, o sea que hace cinco meses, aquí en Gualeguay cumplí los 80 años, de ellos 60 de eterno peregrinar, “Quijote del siglo XX”, “Correo espiritual de América”, “Embajador Popular”, “Abuelo de América”, “Maestro de los caminos”. Esos son los títulos con que me han honrado algunas publicaciones en los países recorridos que son de toda América del Sur, de Colombia a la Tierra del Fuego.
¿De dónde viene el deseo de peregrinar?
Alguien dijo que los libros y los caminos hacen a los hombres finos. Yo fui a la escuela solo hasta tercer grado primario, mis padres no me quisieron mandar más y, entonces, yo quedé frustrado en cuanto a mi educación pero descubrí que leyendo y viajando, viajando y leyendo, me iba a formar. De ahí nace mi espíritu de aprender viajando.
No solo uní Colombia con Argentina a pie y la Argentina con Colombia en bicicleta sino que en cada pueblo y ciudad donde estoy voy a instituciones como Rotary Club, Leones, escuelas, colegios…y trasmito un mensaje como embajador popular. Sin champán, esmoking ni levita, tengo la satisfacción de haber hecho conocer a Colombia más que muchos diplomáticos.
Mi placer, en cuanto a lo personal, es el amor por esta tierra que Simón Bolívar dijera para nosotros: “La patria es América”.
¿Por qué escogió Argentina?
De joven en Colombia, como la mayoría de los compatriotas de la época, mi sueño era conocer la Argentina, conocer el tango y el fútbol, la tierra de Gardel y la tierra del buen fútbol.
¿Cómo decidió el viaje?
Yo vivía en Girardot, tenía un oficio de muy alta alcurnia, era botellero, lo que en Argentina se le dice “cartonero”. Un día me encontré con un nicaragüense, Marcelino Sanabria, que venía de Venezuela y pretendía llegar a Ciudad de México a pie. Como ya por mi cabeza bullía la idea de venirme a la Argentina y me gustó esa forma (yo era atleta, gané la primera maratón olímpica que se corrió en Armenia), decidí acompañar a ese hombre.
Cruzamos el puente sobre el río Magdalena, que une a Girardot con Flandes, caminamos unas siete cuadras más o menos y me dijo: |
|
- Acá vamos a esperar un camión
- ¿Qué? ¿Un camión? ¿Para qué?, le pregunté.
- Pues para irnos en camión
- ¿Y no que usted iba a ir a México a pie?
- ¿Y usted se la creyó? ¿En este tiempo irme a México a pie y usted que pensaba irse a esas pampas argentinas a pie? ¡Usted está loco!
Este “chanta”, como se dice en el argot popular argentino, este mentiroso, hacía así: llegaba a los pueblos, nos bajábamos dos o tres kilómetros antes y llegábamos, engañábamos a la gente con una tarjeta que repartíamos con nuestras fotos, decíamos que todo lo hacíamos a pie. Y la gente colaboraba, pero yo me sentía insatisfecho. Desde el principio, que practiqué el deporte, aprendí y asimilé el “men sane in corpore sane”, mente sana en cuerpo sano.
En Manizales llegamos una noche, a las doce, buscamos hotel y salió la dueña y dijo: “miren, tenemos una sola pieza con una cama, si quieren compartirla los dos, no hay ningún problema”.
 |
Yo, que ya conocía Manizales, dije que no, que nos fuéramos a buscar otro hotel pero el nicaragüense dijo “no, quedémonos acá”. Bueno, tanto insistió que nos quedamos ahí pero a la media hora de acostarnos descubrí que era cacorro, comenzó a toquetearme y yo, que iba vestido a la usanza paisa, agarré mi machete que tenía, lo ´planié`, cerré la puerta para que no se me escapara, hubo un escándalo, la dueña del hotel y la hija –con lo que ya simpatizábamos- preguntaron: “¿qué es lo que pasa acá, paisa?”, y le dije: este cacorro, este marica, yo me voy, que el se haga responsable de la pieza.
“No, él es el que se va”, dijo la dueña y yo quedé ahí de novio, inclusive, con la hija de la hotelera que todavía me está esperando desde el año 48 porque le dije que cuando volviera de la Argentina nos casábamos |
Ahí fue cuando empecé a cristalizar el viaje. Yo me vine así, a pie, y en cada pueblo, leyendo y viajando, viajando y leyendo, desde una estampilla hasta García Márquez, he ido educándome. La cultura que me han dado los pueblos la he abierto donde quiera para llegar a la tumba siendo un digno representante de mi patria y de la unidad Indo americana.
Así fue como nació esa idea y, gracias a Dios, estoy llegando al cenit de mi carrera. Salí con veinte centavos de Colombia y, esta mañana, tenía cincuenta centavos argentinos y fui a una iglesia evangélica y los deposité en la colecta, en la ofrenda. Ando seco pero ya almorcé espléndidamente con la carne más rica del mundo que es la argentina, invitado acá por la paisana Alicia que le digo así porque ella habla con un cariño, con tanto amor de Colombia, que es una verdadera representante de nuestro país aquí en Gualeguay.
¿Cómo fue la salida del país? ¿Tenía pasaporte, visas?
Yo salí de Colombia con mi pasaporte en regla y cuando llegué a la frontera con el Ecuador, en Rumichaca, me dice el empleado de migración:
- ¿Con cuánto dinero abandona el país?
- Con veinte centavos, le dije
Me miró enojado y dijo:
- Mire, no me importa que usted sea paisa, pero yo hablo en serio
- Yo no estoy jugando, señor, ¿por qué me dice eso?
- ¿Y con veinte centavos se va a ir a la Argentina?
- Mire, le dije, nuestro país tiene tres mil 500 variedades de orquídeas hasta ahora descubiertas, nuestros claveles rojos solo son comparables con los de Holanda, el delicioso café colombiano, nuestras muchas aguas, Colombia es agua y nuestras bellezas las creó Dios y Dios las mantiene y Él me va a ayudar para mi viaje y Dios proveerá. ¡Requíseme y verá que no tengo más que veinte centavos! Eran veinte centavos de aquella época, estoy hablando de agosto de 1.948
- Espere un momentito, me dijo, simulando que estaba enojado
| Se fue, pasaron como diez minutos que se me hicieron como una hora y comencé a rezar, ¡Señor, Virgencita María, que pueda pasar, que me dejen entrar! Al rato vino con un sombrero de paja, de esos agüadeños, lo traía hasta la mitad de la copa con una colecta que había hecho entre el personal de aduana, 74 personas, los coches que llegaban a la frontera los controlaban y les decían: mire ese amigo, ese joven es un orgullo para nosotros, se va para Argentina a pie, colabore. (Yo me imagino que los estaban sin papeles depositaban rápido para que los dejaran ir). |
|
Con la colecta que me hicieron ese día llegué a Tulcán, pagué ocho días de hotel por adelantando y, luego, me dieron ocho días más a pedido de la hija de la hotelera, con la cual también nos habíamos enamorado.
Así que salí sin dinero y hasta ahora, por la gracia de Dios, el pan y el agua nunca me han faltado. Yo practico la Biblia y dice que si Dios cuida la paz del campo, también nos cuida a nosotros.
En una aventura semejante no deben faltar algunos problemas…
Cuando llegué en el Perú a una ciudad llamada Cerro de Pasco, un asiento minero, estaba refugiado en la embajada de Colombia en Lima el fundador del APRA peruano, Aya de la Torre. Había una dictadura, de esas tantas que ha tenido nuestra América morena, y la Confederación de Trabajadores del Cerro de Pasco me invitó a llevar la palabra en un acto que se hizo en la plaza “Primero de Mayo”.
Allí leí públicamente el capítulo cinco, según Santiago, de la Biblia, que dice: “aullad ricos por la miseria que vendrá, el salario que has robado a los obreros, vuestras riquezas están podridas, habéis acumulado juicio para los días postreros” Expliqué esto en los diez minutos que me dieron y leí una carta que me había dado la CTC, “Confederación de Trabajadores de Colombia”, en Popayán.
Me aplaudieron, me pidieron autógrafos. Yo dormía en el banco de la plaza cuando el secretario del Partido me preguntó: ¿Usted dónde se hospeda? y le mostré el banco. “¡No, no puede ser!”, dijo y me llevó a un buen hotel, comí bien, me acosté bien, pero duró poco porque a las cuatro de la madrugada… tan, tan, la puerta. Era la policía y entre idas y venidas a las nueve de la mañana salía en el tren, con guardia de honor: un policía, guardia civil peruano, a un lado, otro a otro lado, unos fierritos en las manos para que no las moviera mucho, y acusado de agente al servicio del comunismo internacional.
Estuve a la sombra cuatro meses y como fracasaban todos los intentos de liberación, declaré una huelga de hambre y a los seis días de no comer se me dio la libertad con la condición de, en cada pueblo, presentarme a la policía.
Luego, en otra dictadura en la República Argentina, en una ciudad al sur me expulsó la policía porque tenía en mis álbumes recuerdos de Juan Domingo Perón y Evita Duarte.
Yo no simpatizaba cien por cien con Juan Domingo pero sí con Evita, la abanderada de los humildes. Luego, en otra ciudad al norte llamada “Paso de Los Libres”, también me expulsaron. |
|
Allí estuve preso por participar en una manifestación que se hizo en recuerdo del asesinato de Salvador Allende y terminé en Villa Devoto, una de las cárceles de la capital pero aquí estoy, bailando y contento, antioqueño no se vara, gracias a Dios.
Después de haber recorrido tantos y vivido en varios de ellos, ¿cuál es su país?
Si es en la hospitalidad, si es en el cariño que se me brindó en los malos momentos que pasé, para mi figuraría primero Chile y, en la época actual, la República Bolivariana de Venezuela. En el tercer lugar, la Argentina que por lazos de familia y muchos hechos que he vivido durante 54 años la considero como mi segunda patria pero nunca me quise nacionalizar, quiero morir colombiano. Me amparan todas las leyes argentinas, tengo documentos argentinos, pero me quedo colombiano hasta la tumba.
Usted era de izquierda, en su juventud pudo ir a la guerrilla, cuéntenos de esa etapa de su vida
Sí, yo de chico ´patié` con la izquierda. Le cuento un caso curioso: tenía 17 años y la ley estipulaba que debía tener 21 para el derecho a la elección. Estando en Jericó me fui a Armenia (que es la ciudad donde más he vivido en Colombia), hablé con los conservadores, les mentí, fingí que iba a votar por ellos y ellos de sus tramoyas me dieron documentación pero como el voto es secreto, voté por el partido comunista. Por eso le digo que desde chico siempre patié con la izquierda y me identifico con la lucha revolucionaria de nuestra América.
En cuanto a Colombia, me siento un poco defraudado porque yo creo que las Farc y todos los movimientos guerrilleros de Colombia perdieron la visión que tuvieron Fidel y el “Che” Guevara en Cuba, y otros en América Latina. En sí, soy del ala izquierda y me interesa todo lo que sea del socialismo.
La llegada a la meta entre amores y desdichas
“Un domingo en el culto había en el coro una como a mi me gustaban: flaca, morena (entre más negra, para mi mejor). Entonces la miré, tenía todos estos atributos, me sonrió, le sonreí y a los cuatro meses… tan, tan, ta, tann, me casé con María Erlinda Barraza.”
¿Era usted como un marino que va dejando un amor en cada puerto?
Yo creía que el varón debía casarse entre los 25 y los 30 años y la mujer entre los 17 y 25. En Iquitos, Perú, me enamoré de una “chalapa” –así se les dice a las muchachas de allí porque “chalapa” es una tortuga que se come mucho en el Amazonas- y pobrecita, ella estudiaba, el colegio le hizo un acto de despedida, hicieron un beneficio para nuestro casamiento pero yo tenía 21 años; comencé a meditar, nos íbamos a casar un día miércoles, contraté una canoa, dos bogas y me fui al próximo puertito donde iba a pasar el barco y abandoné a la peruana.
Luego, fue una bolivianita que también se enamoró de mi –o yo de ella- y ella me dijo que si me quedaba pero no, yo quería llegar a la Argentina. A esa no la engañé, solo que me puso esa condición.
Usted llega a Chile y conoce a la que fue la madre de sus hijos, ¿cómo fue ese encuentro?
Un domingo en el culto había en el coro una como a mi me gustaban: flaca, morena (entre más negra, para mi mejor). Entonces la miré, tenía todos estos atributos, me sonrió, le sonreí y a los cuatro meses… tan, tan, tatann, me casé con María Erlinda Barraza.
 |
Siete meses siguió conmigo a pie; estaba gorda pero no por la comida que yo le daba –que se hubiera enflaquecido si fuera por eso- sino por nuestra primera hija que ya esperaba. Cuando el médico dictaminó que en dos meses nacía, paramos en la histórica ciudad de Rancagua, donde el prócer Bernardo O´Higgins sufrió una derrota que se convirtió en victoria porque sus ejércitos y los de San Martín, que había cruzado los Andes, se encontraron en Maipú, donde se selló la independencia de Chile. |
Allí en Rancagua, el 4 de abril de 1.952, nació María Cristina que vivió hasta ocho días antes de cumplir los 18, porque murió asesinada por un malandro del cual ella se había enamorado en una de las Villas Miseria, como se dice acá a las zonas de tugurios. Luego, en Concepción, la ciudad universitaria de Chile, nació José Alberto Mejía.
Después de que nacieron los chicos, ya no podía avanzar más a pie con familia. Entonces caminaba y en la ciudad que llegaba buscaba donde vivir y luego la llamaba a ella. En esa forma llegamos a Punta Arenas, la ciudad más austral del mundo y luego a la Tierra del Fuego e ingresé a la Argentina y en “Tres Arroyos”, ciudad de la provincia de Buenos Aires, nació América Argentina Mejía (no puede negar su origen), que hoy es pastora evangélica en Caldas, una ciudad a pocos kilómetros de Medellín.
Mi esposa me abandona cuando ya llevábamos 28 años juntos. Después, yo quería ver mi patria y me fui por los países que no había visitado: Uruguay, Paraguay, la República Federativa del Brasil, Venezuela. En Brasil, también en una iglesia evangélica de Río de Janeiro, conocí a la que sería mi nueva mujer y de aquel matrimonio, el 2 de junio de 1976, nació el menor de mis hijos: Sandro Eliécer Fijow Mejía. Sandro, quiso la madre en honor al cantante argentino, y Eliécer lo puse yo por Jorge Eliécer Gaitán.
Finalmente, ¿cuándo llegó a Buenos Aires?
Llegué a la Argentina por la Provincia de Santa Cruz –de donde es el actual presidente-, el 25 de mayo del año 1.955, una fecha que es fiesta patria para los argentinos y que constituye como el 20 de julio para nosotros. De mi llegada a Buenos Aires, hice que coincidiera con la fecha de salida de Manizales; así, yo salí el 28 de enero de 1948 y entré a Buenos Aires el 28 de enero de 1.957. |
|
En el 2000 me fui a Colombia en bicicleta, regresando, desde Bogotá para acá, en 37 medios de conducción: colectivos, trenes, barco en el Amazonas, hasta llegar de nuevo a Argentina.
Dentro de lo posible no veo otro regreso a Colombia porque ya tengo 80 años pero los planes de Dios son inescrutables y por ahí veo de nuevo mi patria y me tomo mi chocolate, como mis arepas y escucho mis bambucos, que acá no se escuchan casi, creen que Colombia solo es vallenato, cumbia… se conoce muy poco de la música autóctona de nuestra tierra.
Colombia, lo más hermoso
¿Desde la Argentina, usted cómo ve hoy a Colombia?
Desde la distancia se contempla más fácilmente nuestro bello país. No hay, con perdón de la argentina aquí a mi lado, otro que tenga más bellezas y que sea más hermoso que nuestro lindo país, Colombia.
En otro aspecto, no metiendo a todos en una misma bolsa, pero los medios que anuncian de Colombia nos muestran por la droga, la guerrilla, Marulanda, Tirofijo, pero no saben de las cosas positivas, buenas, que tenemos en nuestra patria.
¿Cómo ve a la Argentina?
La verdadera Argentina se conoce cuando se cruza una avenida que hay en Buenos Aires, que se llama la “General Paz” y que divide la capital federal con la provincia.
En la Argentina, quien no cruza esta avenida no conoce el país y está el caso del provinciano “aporteñado” que cuando regresa a su tierra no conoce ni el azadón. Es como la “correntina” –de la Provincia de Corrientes- que fue por dos años a Buenos Aires como mucama y cuando regresa a su tierra, en su casa de barrio pobre, sale a la huerta y pisa un azadón que se levanta y le pega en la frente. Entonces, se voltea y dice: “mamá ¿y esto qué es?”. Había olvidado las herramientas de su tierra. Eso pasa con los “aporteñados”
Pero la verdad de Argentina, que la conozco desde Santa Cruz hasta uno de los lugares más lindos del mundo que son las cataratas de Iguazú, o la quebrada Humahuaca, acá en el norte, es que es un gran país.
¿Por qué hace usted este trabajo?
Hablo todas estas cosas de Colombia porque soy embajador popular para divulgar lo bueno en estas tierras que Simón Bolívar dijera para nosotros: “La patria es América” y tengo el orgullo de conocer con mis músculos, mi mente y mi corazón a buena parte de esta América India. Por eso, yo me identifico como embajador Indo americano, no Hispano; España, con respeto de otras opiniones, no es para mí la Madre Patria.
Así, voy dialogando con cualquier persona. No dudé un minuto cuando Alicia me dijo: “¿vamos a almorzar? Mientras no tenga un compromiso, yo estoy dispuesto a dialogar para divulgar la cultura de mi patria y del país en que vivo.
¿Hasta cuándo estará en Gualeguay?
Posiblemente me vaya. Tengo una piecita que comparto con unos pelaos, con unos guríes -dicen en esta Provincia-, que hacen mucho ruido, me tumban las cosas, hace poco me rompieron un celular, me robaron la platica y entonces quiero irme porque no tengo mi privacidad.
 |
Si de aquí al 28 del mes en curso yo consigo esa pieza (tengo un programa de radio en una FM, y estoy comunicando desde el Intendente, como se le dice al alcalde, hasta las iglesias, los amigos, que la necesito); si la consigo, me quedo, si no me voy a Buenos Aires.
Yo siempre voy a estar ligado a Entre Ríos y más que ahora he conocido la corresponsal de El Compás por quien, por primera vez, tuve en mis manos y en mis ojos un ejemplar. Justamente éste que ella me dedicó y que ya pegué en mi álbum de viaje.
|
Caminante, no hay camino
sino estelas sobre el mar.
¿Para que llamar caminos
a los surcos del azar...?
Todo el que camina anda,
como Jesús sobre el mar.
Antonio Machado