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La ternura de Tagore

Rabindranath Tagore nació en Calcuta en 1861. Fue el decimocuarto hijo de una familia acomodada. Bajo la influencia de su padre, Devendranath, empezó a publicar sus poemas a los 17 años. Fue enviado a Inglaterra a estudiar derecho, pero esta disciplina nunca le interesó por lo que, durante los tres años que pasó allí, profundizó en la literatura y la música inglesa así como en sus costumbres.

Regresó a la India para hacerse cargo de la hacienda familiar y se sintió indignado por la extrema pobreza en la que vivían los campesinos en su país. En 1912 viajó de nuevo a Londres. Sus obras ya habían sido traducidas al inglés y llamaron la atención de diversas personalidades, entre ellas la del poeta W. B. Yeats. En 1913 recibió el Premio Nobel de Literatura y en 1915 el rey Jorge V le nombra caballero, título al que renunciaría cuatro años tras la matanza de 400 manifestantes indios en Amritsar.

Con la fama internacional del poeta, la escuela Santiniketan, fundada por su padre, se convirtió en 1918 en Visva Bharati “Universidad del mundo”, centro desde el que se inculcó la idea de un nuevo humanismo, basado en la paz y la armonía con la naturaleza. Desde su puesto destacado de intelectual, defendió la independencia de su país desde la no violencia. Murió en Santiniketan en 1941.

En su poesía, trató de conjugar la tradicional espiritualidad de la India con el humanismo de occidente. Su prosa, sencilla y clara, transmite con profundidad los valores que el autor pretendió universalizar. El profundo amor por la naturaleza queda reflejado en toda su obra. Las siguientes historias muestran la ternura infinita de este elegido.

El oficio de autor
Me dices que papá escribe muchos libros, pero no entiendo nada de lo que escribe. Se pasó toda la noche leyendo para ti, ¿pero has podido descubrir realmente el significado de todo aquello? ¡Tú, sí, madre; tú, sí que sabes contar bonitas historias! No entiendo por qué papá no puede escribir cuentos como los tuyos.

¿Es que su madre nunca le contó historias de gigantes, hadas y princesas? ¿O tal vez las ha olvidado?

A menudo se retrasa para ir a su baño, y tienes que llamarle cien veces. Tú le esperas, le conservas los platos calientes, pero él sigue escribiendo y lo olvida todo.

Papá sólo sabe jugar a escribir libros.


Si alguna vez me voy a jugar en el cuarto de papá, vienes en seguida a buscarme y dices que soy malo. Si hago un poco de ruido, me riñes: ‘¿No ves que papá está trabajando?’ ¿Por qué le gustará tanto escribir, escribir siempre?

Cuando cojo la pluma o el lápiz de papá y escribo en su cuaderno a b c d e f g h i exactamente como él, ¿por qué te enfadas conmigo, madre? Pero nunca protestas cuando es papá quien escribe.  

Ni te importa que papá malgaste tanto papel.

Pero si yo cojo una sola hoja para hacerme un barco, me gritas en seguida: ‘¡Hijo mío, qué pesado eres!’ ¿Por qué no riñes a papá, que estropea hojas y más hojas, llenándolas de letras negras por los dos lados? 


El cartero malo
Dime, madre querida: ¿Por qué te quedas tan callada, sentada en el suelo? La lluvia entra por la ventana abierta y no te importa que te estés mojando.

¿No oyes el gong que da las cuatro? Ahora volverá mi hermano del colegio.

¿Qué ocurre? ¿Por qué estás tan rara? ¿No has recibido hoy carta de papá? He visto al cartero que llevaba en su bolsa cartas para casi toda la gente del pueblo. Sólo se guarda las de papá para leerlas él.

Estoy seguro de que el cartero es malo. Pero no te preocupes demasiado, madre mía.

Mañana es día de mercado en el pueblo vecino. Dile a la criada que compre plumas y papel.
Y así podré escribirte yo mismo todas las cartas de papá, y ya verás como no encuentras ni una falta. Escribiré desde la A hasta la K.

¿De qué ríes ahora, madre? ¿No crees que puedo escribir tan bien como papá? Mira, rayaré el papel con cuidado y todas las letras serán grandes y bonitas.

Y cuando haya terminado, ¿crees que seré tan tonto como papá, y que iré a echar la carta en la bolsa de este cartero tan malo? Yo mismo te la traeré en seguida, y te ayudaré a leer, letra por letra, todo lo que habré escrito.

¡Ah, ese cartero! Sé muy bien que no le gusta darte las cartas que más te agradan.

El fin
Madre, ha llegado la hora de que me vaya. Me voy.

Cuando la oscuridad palidezca y dé paso al alba solitaria, cuando desde tu lecho tenderás los brazos hacia tu hijo, yo te diré: ‘El niño ya no está’. Me voy, madre.

Me convertiré en un leve soplo de aire y te acariciaré; cuando te bañes, seré las pequeñas ondas del agua y te cubriré incesantemente de besos.

Cuando, en las noches de tormenta, la lluvia susurrará sobre las hojas, oirás mis murmullos desde tu lecho, y de pronto, con el relámpago, mi risa cruzará tu ventana y estallará en tu estancia.

Si no puedes dormirte hasta muy tarde, pensando siempre en tu niño, te cantaré desde las estrellas: ‘Duerme, madre, duerme’.

Me deslizaré a lo largo de los rayos de la luna hasta llegar a tu cama, y me echaré sobre tu pecho mientras duermas.

Me convertiré en ensueño, y por la estrecha rendija de tus párpados descenderé hasta lo más profundo de tu reposo. Te despertarás sobresaltada y mientras mires a tu alrededor huiré en un momento, como una libélula.

En la gran fiesta de Puja, cuando los niños de los vecinos vengan a jugar en nuestro jardín, yo me convertiré en la música de las flautas y palpitaré en tu corazón durante todo el día.

Llegará mi tía, cargada de regalos, y te preguntará: ‘Hermana, ¿dónde está el niño?’  Y tú, madre, le contestarás dulcemente: ‘Está en las niñas de mis ojos, está en mi cuerpo, está en mi alma’.

El último trato
‘¡Estoy por alquilar, contratadme!’, gritaba yo una mañana andando por la carretera.

El rey pasó en su carroza, la espada en la mano. Me cogió de la mano y me dijo: ‘Te tomo a mi servicio; a cambio, tendrás parte de mi poder’. Pero yo no sabía qué hacer de su poder y le dejé partir en su carroza.

En el ardiente mediodía todas las casas estaban cerradas. Yo vagaba por tortuosos caminos.

Un anciano se me acercó, llevando un saco lleno de oro. Se detuvo pensativo, y me dijo: ‘Ven, te tomo a mi servicio. Te pagaré con este oro’.

Empezó a contar sus monedas, una a una, pero le volví la espalda.

Caía la tarde. El seto del jardín había florecido.

Una hermosa muchacha se me acercó y me dijo: ‘Te tomo a mi servicio y te pagaré con una sonrisa’.

Pero su sonrisa se desvaneció, le saltaron las lágrimas y, sola, se perdió de nuevo en la sombra.

El sol reverberaba en la arena y las olas rompían caprichosamente.

Un niño jugaba con las conchas sentado en la playa.

Levantó la cabeza, me miró como si reconociera, y me dijo: ‘Te tomo por nada’.

Desde que hice este trato, jugando, con un niño, me he convertido en un hombre libre.

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