He de decir que este libro trata sobre religión y el autor es ateo, haciendo un estudio sobre la misma no desde el punto de vista clásico sino planteando si es posible que las religiones comporten alguna ventaja a nivel evolutivo. Aunque considero su lectura muy recomendable tanto para creyentes como para no creyentes, quiero advertirlo por si alguien es muy susceptible con estos temas.
El autor dice en el prólogo que las mayores críticas y el odio más visceral de la primera edición provinieron no de quienes son profundamente religiosos, ¡sino de los autodenominados protectores de las religiones de otras personas! Lo curioso es que ha habido gente devota y creyente a quienes gustó leerlo, porque así se veían forzados a defender sus ideas bajo el tribunal de la razón que los análisis del libro proponían. Dicha la advertencia, vamos con el habitual resumen.
Una hormiga está escalando laboriosamente una hoja, más y más alto hasta que cae. Luego escala otra vez, y otra. ¿Por qué hace eso? ¿Qué beneficio busca para sí misma en esta actividad tan fatigosa e inusual? Ésta es, justamente, la pregunta equivocada. No le produce ningún beneficio biológico. La hormiga no está tratando de obtener una mejor vista del territorio, ni está buscando alimento, ni exhibirse ante su potencial pareja. Su cerebro ha sido confiscado por un diminuto parásito, una pequeña duela (Dicrocoelium dendriticum), que necesita llegar al estómago de una oveja o una vaca con el fin de completar su ciclo reproductivo. Este pequeño gusano del cerebro conduce a la hormiga a una determinada posición para beneficio de si progenie, no de la progenie de la hormiga.
No es un caso aislado. Parásitos manipuladores similares infectan a peces y a ratones, entre otras especies. Estos parásitos hacen que sus anfitriones se comporten de un modo inusual, incluso de modos suicidas. Y todo por el beneficio del huésped, no del anfitrión.
En la Naturaleza todo tiene un beneficio. Nada se hace de forma gratuita. Cada negocio tiene su justificación. Ahora bien, si la religión es algo natural e inherente al ser humano, la pregunta es ¿cuál es el beneficio?
No es que en los humanos haya un parásito implicado, pero es cierto que con frecuencia encontramos a seres humanos que dejan de lado sus intereses personales, su salud, su oportunidad de tener hijos, etc., y dedican sus vidas enteras a fomentar los intereses de una idea que se ha alojado en sus cerebros. Nuestra capacidad para dedicar nuestras vidas a algo que consideramos más importante que nuestro propio bienestar personal -más importante incluso que nuestro imperativo biológico de engendrar descendencia- es una de las cosas que nos diferencian del resto de los animales. Es posible que la madre de un oso defienda con coraje un pedazo de comida y que ferozmente proteja a su osezno o incluso su guarida vacía, pero probablemente más gente ha muerto en el valiente intento por proteger textos y lugares sagrados que en el intento por resguardar sus provisiones de alimento o a sus hijos y sus hogares.
Al igual que otros animales, tenemos incorporado el deseo de reproducirnos y de hacer cualquier cosa que sea necesaria para conseguirlo, pero también tenemos credos y la capacidad de trascender nuestros imperativos genéticos. Si bien esto nos hace diferentes, en sí mismo no es más que un hecho biológico, visible para la ciencia natural, y que requiere una explicación desde la ciencia natural. ¿Cómo fue posible que los individuos de una sola especie, el Homo sapiens, llegaran a poseer tan extraordinaria perspectiva sobre sus propias ideas?
El autor define las religiones como sistemas sociales cuyos participantes manifiestan creencias en agentes sobrenaturales o en agentes cuya aprobación ha de buscarse. Por ejemplo, un club de fanáticos de Elvis Presley no es una religión (siempre y cuando no lo consideren sobrenatural, pues podría ser el comienzo de una nueva religión). Por otro lado, también hay que tener en cuenta que hay religiones que dejan de ser tales y todo acaba siendo tradición, como los rituales de la fiesta de Halloween, que solía ser ritual genuinamente religioso. Otro ritual similar en este aspecto es Papá Noel.
Por otro lado, plantea también si la religión es algo “natural”: Los estornudos y los eructos son naturales; recitar sonetos no. Andar desnudo es natural; vestir trajes no lo es. Pero es obviamente falso que la religión pueda ser natural en este sentido. Las religiones se transmiten culturalmente, a través del lenguaje y la simbología, no a través de los genes. Es posible que uno herede la nariz del padre o la habilidad musical de la madre a través de los genes, pero si hereda la religión de sus padres, lo hace del mismo modo en que hereda su lenguaje, a saber, a través de su educación.
Y después de estos preámbulos, plantea el objetivo del libro:Quiero poner a la religión sobre la mesa para examinarla. Si ella es fundamentalmente benigna, como insisten muchos de sus devotos, debe pasar el examen sin problemas; nuestras sospechas desaparecerán y podremos concentrarnos entonces en las pocas patologías periféricas de las que es presa la religión, como cualquier otro fenómeno natural. Pero si no lo es, cuanto antes identifiquemos los problemas. ¿Acaso la investigación misma generará alguna incomodidad o molestia?
El autor reflexiona sobre preguntas del tipo ¿De qué se compone la religión? ¿Qué partes tiene y cómo se engranan entre sí? ¿Qué constituye un fenómeno religioso saludable y uno patológico?
Explica que si unos marcianos viniesen a la Tierra y se pusieran a observar nuestra conducta y comportamientos podrían interesarse, por ejemplo, por qué nos gustan los dulces o cualquier cosa que nos gusta ingerir: azúcar, grasas, alcohol, cafeína, chocolate, nicotina, marihuana, opio, etc. Quizás encontrarían las respuestas: en cada caso, nuestro cuerpo tiene un receptor que evolucionó. Sería lógico que los marcianos se preguntaran dónde están los receptores de la religión, si es que los hay. Es posible que nuestros cuerpos estén preparados para responder a “alguna cosa” que intensifican las religiones.
Karl Marx dijo de la religión que era “el opio de los pueblos”. Podrían pensar que es un “simbionte cultural”, o sea, costumbres que se pasan de unos a otros como si fuera un parásito que se propaga de un cuerpo a otro, al igual que lo sería hablar la lengua materna, las costumbres y otros comportamientos que adoptamos en casa. O también podrían pensar que la religión fuera en realidad un subproducto creado por un mecanismo o conjunto de mecanismos para responder a agentes irritantes o intrusiones de una u otra clase. En este caso, la bilogía de la religión no serviría para nada: no beneficiaría a ningún gen o individuo, grupo o simbionte cultural.
La pregunta es cuáles de dichas teorías es cierta y cuál no. Y, sobre todo, hay que preguntarse por qué existe la propia religión de cada uno. Hay quien encuentra ofensivo hacer este tipo de preguntas, pero si somos capaces de hacerlas sobre otras religiones, ¿por qué consideramos que los demás se pregunten acerca de la que tiene cada uno?
Y es que creencias religiosas hay un montón. Entre los hindúes existe un desacuerdo respecto de qué dios es superior, si Shiva o Vishnú, y muchos han sido asesinados por sus creencias sobre este asunto. Entre los zulúes, cuando una mujer está embarazada a punto de dar la luz, algunas veces, el “espíritu-serpiente de una anciana” se aparece furioso (de acuerdo con los chamanes), indicando que se debe sacrificar, a los ancestros de la tribu, una cabra o algún otro animal, para que el niño pueda nacer con buena salud. Los jíbaros del ecuador afirman que el hombre tiene tres almas: el alma verdadera, que tenemos desde el nacimiento (y que retorna al lugar del nacimiento cuando morimos, luego se convierte en un demonio, que a su vez muere, y luego se convierte en una polilla gigante que, al morir, se convierte en niebla); el aratum, que es un alma que se obtiene después de haber ayunado, de haberse bañado en la cascada y de haber consumido parte del jugo alucinógeno; y el musiak, el alma vengadora que trata de escaparse de la cabeza de la víctima para ir a matar a su asesino. Es por eso que se debe encoger la cabeza de la víctima.
¿De dónde han salido estas creencias? Por mucho que sus devotos quieran hacernos creer, no han existido desde siempre, sino que a alguien se le ocurrió. Algunas creencias religiosas son realmente antiguas para los estándares históricos, pero otras muchas otras son tan recientes que su creación puede leerse en los diarios. La iglesia mormona tiene menos de doscientos años, el hinduismo unos 2.500 años, el cristianismo apenas 2.000. Biológicamente hablando, son periodos cortos de tiempo. Ni siquiera son comparables ante otros logros característicos de la cultura humana. La escritura tiene más de 5.000 años, la agricultura 10.000 y el lenguaje, al menos, debe tener unos 40.000.
¿Cómo es posible que el lenguaje sea más antiguo que la religión? ¿Cómo eran nuestros ancestros antes de que existiese la religión? ¿Acaso eran parecidos a las bandas de chimpancés? ¿De qué hablaban, si es que lo hacían? ¿Del clima? ¿De chismes?
Otra de las cosas que explica es la obediencia genética que tenemos a nuestros padres. Y no es una característica exclusiva del ser humano. Nuestros padres tienen una línea directa a la adaptación. Dawkins afirma que la selección natural construye los cerebros de los niños con una tendencia a creer lo que sea de sus padres y los mayores de la tribu. No es sorprendente encontrar en todas partes del mundo líderes religiosos que adoptan el nombre de “Padre”.
La mayor parte de las cosas que (pensamos que) sabemos son sencillamente aceptadas por la fe. Pero no por la fe religiosa, sino por una política práctica para no tener que obsesionarse demasiado con las cosas que nos vienen a la mente. ¿Cuál es la probabilidad de que todo el mundo esté equivocado cuando se dice que bostezar es inofensivo o hay que lavarse las manos después de utilizar el baño? No hay suficiente tiempo para revisarlo todo y evaluar la validez de cada cosa a cada momento. El problema es que con el “todo el mundo sabe” y en cualquier sociedad tribal, todos saben que es necesario sacrificar una cabra para tener a un bebé saludable. Es mejor prevenir que lamentar.
Ninguna religión carece de postulaciones de efectos invisibles e indetectables. Cualquier cosa que carezca de ellos no es realmente una religión. Te dicen: estos misterios están fuera de nuestra comprensión, ni siquiera intentes entenderlos. Es más. ¿Podría una religión sin Dios tener futuro? Si no hay seres sobrenaturales, no habría milagros, ni salvación, la oración no tendría objeto y los mandamientos no serían más que sabiduría antigua. La muerte sería el fin. En ese caso, nadie querría tener nada que ver con esa iglesia.
Habla de la relación de la iglesia con el dinero. Con más de dos siglos de desarrollo del mercado libre, la economía religiosa norteamericana supera los sueños más dorados de Adam Smith respecto de las fuerzas creativas de un mercado libre. Hay más de 1.500 denominaciones religiosas, muchas de las cuales son de gran magnitud. 24 de ellas tienen más de un millón de miembros cada una. Cada una de estas denominaciones depende de las donaciones voluntarias y hoy día suman, en EEUU, más de 60.000 millones de dólares al año. Y si bien es cierto que gran parte de ese dinero se va en misioneros, escuelas religiosas y hospitales, también es cierto que 3.000 millones de dólares se gastaron en la construcción de una iglesia en 1993. Económicamente podría decirse que es una buena inversión.
Luego habla también de la responsabilidad de la religión como “peligro atrayente”. Las piscinas que no tienen cerco, la maquinaria o las pilas de materiales de construcción pueden ser consideradas como “peligros atrayentes”: pueden ser un aliciente irresistible para los niños. Los propietarios son considerados responsables de cualquier perjuicio causado cuando poseen objetos que puedan atraer a personas inocentes hacia el daño.
Aquellos que mantienen religiones y toman medidas para hacerlas más atractivas también deberían ser considerados responsables de los daños causados a aquellas personas a las que han atraído y han cubierto con un manto de respetabilidad. Los defensores de la religión son rápidos cuando se trata de señalar que los terroristas tienen intereses políticos, no religiosos. Esto puede ser cierto en muchos casos, pero no en todos. Los fines políticos de los fanáticos violentos frecuentemente los llevan a adoptar un disfraz religioso y a explotar la infraestructura organizacional y la tradición de lealtad incuestionable de cualquier religión que tengan a mano. Es cierto que estos fanáticos rara vez estén guiados por los principios de estas tradiciones religiosas. ¿Y qué? El terrorismo de Al Qaeda y de Hamas sigue siendo responsabilidad del islamismo, al igual que el bombardeo de clínicas de aborto sigue siendo responsabilidad del cristianismo, y las actividades asesinas de los extremistas hindúes sigue siendo responsabilidad del hinduismo.
Y también habla de los amigos del “sólo es una teoría”. Nadie pone leyendas en libros de química o geología que sostengan que lo que se explica en ellos sólo son teorías. No obstante, sí han querido ponerlo en libros que hablan sobre la Teoría de la Evolución. ¿Os imagináis poner leyendas en libros de religión con la afirmación “Dios ni siquiera es una teoría”?
Y si hay un dios, ¿cómo actúa? Como dijo alguna vez el comediante Emo Phillips: Cuando era niño, solía implorarle a Dios por una bicicleta. Pero luego me di cuenta que Dios no obra de ese modo. Así que robé una bicicleta e imploré por su perdón.
También habla de muchos otros temas que me dejo en el tintero en sus casi 500 páginas que, por otro lado, se hacen cortas. Vuelvo a insistir en que es un libro de recomendada lectura para todos los públicos. |