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Respuestas de Alejandro Jodorowsky

Publicadas en la página web de "Plano Creativo"

Dice el proverbio que para andar un kilómetro hay que dar primero un paso, pero ¿por dónde empezar si se está perdido?

Alejandro Jodorowsky: Lo primero es darnos cuenta y aceptar que estamos perdidos: humildad. Lo segundo es decidirnos a creer que la meta buscada no está lejos sino, por el contrario, es el centro de nuestro interno ser: fe. Y tercero, comprometernos a morir antes que abandonar esta búsqueda, aunque ella dure toda nuestra vida: voluntad.

Tres posibilidades:
1.- Leer, releer, volver a leer, estudiar sin cesar, meditar, orar, hasta encontrarnos.
2.- Por una milagrosa suerte, iluminarnos repentinamente.
3.- Aceptar que una persona caritativa, ya realizada, nos ayude.

En esa búsqueda ¿cómo podemos establecer contacto con nuestro ser esencial?
A.J.: Cuando creemos estar perdidos, eso significa que los límites de nuestro ego artificial, creado por la familia, la sociedad y la cultura, nos han convertido en el Robinson Crusoe de una isla mental. Vivimos identificados con la ilusión que llamamos nuestra individualidad… El Ser Esencial no es un objeto precioso, un tesoro ajeno, un “oscar” que un día podremos ganar: ¡es lo que en realidad somos!.

Sin darnos cuenta, en todo momento, dormidos o despiertos, él está en contacto con lo que creemos ser. Sólo que, envueltos en nuestras ideas locas, sentimientos regresivos, deseos desequilibrados y necesidades absurdas, no captamos su presencia. Somos como una gota de agua marina que se siente perdida en medio del océano.

Todos los intentos de establecer contacto con “nuestro” Ser Esencial están condenados al fracaso. Lo impensable no nos pertenece, no es como un perro. Nosotros le pertenecemos. Si queremos vivir en verdad, abandonaremos la acción y nos sumergiremos en la recepción. Nos detendremos a observarnos: “Esta idea no soy yo” “Este sentimiento no soy yo” “Este deseo no soy yo” “Esta necesidad no soy yo” “Esto no soy yo” “Esto no soy yo” “Esto no soy yo”… Y así, de negación en negación, terminaremos por entregarnos a la gran afirmación. “La caza está prohibida, la pesca está permitida”.

Cuando el ego reconoce humildemente no ser nada, no saber nada, no poder nada, El Ser Esencial le responde “Yo soy todo, yo sé todo, yo puedo todo. Yo soy tú, pero tú no eres yo”.

¿Qué representa un gato como compañero de vida?
A.J.: Para mí ha sido esencial vivir casi toda mi vida acompañado por lo menos con un gato y con varias plantas. Aparte del maravilloso felino Kazan convivo con Satoichi, un bonzai liberado. Me regalaron el arbolito como si fuera un triste enano. Lo dejé crecer sin podarlo. Se estiró y se estiró. Ahora sus ramas casi llegan al techo: es una visión cotidiana de la alegría de vivir habiéndose liberado de los límites impuestos por los cultivadores.

Kazan también demuestra su alegría, multitud de ronroneos, porque nunca le he impuesto cosas que contrarían su naturaleza. Puede dormir donde quiere, subir a la mesa mientras como, dormir conmigo (y mi esposa), ser siempre tratado con cariño y respeto… Convivir con otras formas de vida que la humana es enriquecedor, nos hace humildes, responsables, comprensivos.

Aprendemos otras formas de ser, no verbales (el gato) y no nómadas (la planta). A través de estos compañeros nos unimos a todas las diferentes formas de vida que pueblan nuestro planeta y el cosmos. Y más aún, nos unimos al animal y al vegetal (también al mineral) que habita en nosotros mismos.

¿Qué significa vivir rodeado de muchísimas mascotas: perros, gatos, pájaros, etc.?
A.J.: “Yo, como todos los seres humanos, vivo rodeado de incontables mascotas animales: leones, tigres, elefantes, ballenas, águilas, cuervos, delfines, gusanos, pulgas, abejas, ciervos, perros, gatos, pájaros, etc… Sólo que estas bestias viven en libertad. Cuando las enjaulamos en nuestras casas, padecemos una simpática fobia contra la sociedad humana. Fobia que respeto porque en cierta manera mitiga el dolor del abandono…

Es cierto que no hay que tomar a los animales domésticos por hijos, pero si es cierto que hay que amar a los animales, a todos, incluso a los que consideramos “dañinos”. Todo lo que produce nuestro planeta es sagrado y tiene su misteriosa razón de ser. Confucio decía: “Si para sobrevivir debes comerte un pez, cocínalo bien para que no haya dado su vida en vano”.

Si nos permite la pregunta, ¿con qué sueña últimamente?
A.J.: Durante años trabajé con los sueños lúcidos, (darse cuenta en medio del sueño de que se está soñando), buscando el poder mágico de cambiar al mundo. Es decir, intervenía en los sueños y los enriquecía. Un día me di cuenta de que todo lo que sucedía era perfecto, no había necesidad de cambiar nada. Fijando en algo la atención – despojada de intención personal- ahí surgía el milagro . Dejé de cambiar mis sueños y me limité a ser un reverente observador.

Hoy en día ya no observo: simplemente vivo lo que el inconsciente me ofrece. Han cesado las pesadillas, todo se ha vuelto agradable. Ayer, luego de escalar una gran cascada petrificada, llegué a un templo donde encontré a un lama tibetano dibujando. Le dije: “Tus dibujos son bellos pero carecen de profundidad emotiva, a causa de que vives retirado del contacto humano. Te propongo que ilustres un cuento mío.” Aceptó. Juntos comenzamos a crear una historia, él dibujando con elegante belleza y yo describiendo la acción y los sentimientos. Le conté la historia de un cazador que, para no morir de hambre, calienta agua imaginando que es una sopa. Un conejo santo, embargado de piedad, se lanza al agua hirviente. El lama, con lágrimas en los ojos me dice: “Uno de nosotros dos es el cazador hambriento, el otro es el conejo santo”. Le respondo: “Yo soy los dos al mismo tiempo”.

¿Hasta qué punto puede uno analizar su propio árbol genealógico?
A.J.
: Los seres humanos tenemos una inmensa tendencia a no conocernos, por estar encerrados en la trampa del pasado familiar, social y cultural. Cambiar significa deshacer los nudos que nos atan a la tribu, nudos que establecen lo que creemos que es nuestra individualidad.

El árbol genealógico nos posee por medio de ocultas amenazas: queremos ser amados por nuestros familiares, pero si no somos como ellos quieren que seamos, nos excomulgan. (Lo que equivale, en el inconsciente, a morir devorados por las fieras). Si tratamos de analizar nuestro propio árbol sin ayuda de otro, nos enfrentaremos a muros que seremos incapaces de derribar, aquejados de cegueras psicológicas que tienen como base terrores infantiles. Queremos que cese nuestro sufrimiento pero, por angustia, no queremos saber su causa: el remedio se nos hace peor que la enfermedad.

Cuando vi por primera vez a la curandera Pachita, lo primero que me dijo después de examinarme en silencio fue: “Hijo querido del alma, acepta el don”. Al principio creí que al tratarme de hijo quería convencerme de que era mi madre, para provocar una transferencia. Pero luego comprendí que lo que me estaba diciendo era “Eres hijo de tu propia alma. Acéptala”. Es decir, acepta ser lo que eres y no lo que los otros te han obligado a ser. Vence al tabú: realiza lo que te está prohibido…

Toda sanación nos invita a salir de la isla del Yo para aceptar la unión con el Otro. Claro está que, en la soledad de nuestra celda, es necesario que demos los primeros pasos, es decir ayudarnos a nosotros mismos hasta donde podamos: este esfuerzo creará la grieta por donde comenzarán a penetrar otras voces. Hijo/a querido/a del alma, acepta el don.

¿Hasta qué punto puede uno verse a sí mismo?
A.J.
: El verse a sí mismo es el obstáculo mayor en el camino que conduce a la iluminación. Cuando Bodhidharma, fundador de la escuela zen en China, llegó de la India a ese Imperio y fue recibido por el Emperador, éste le preguntó: “He fundado incontables monasterios y hecho traducir otros tantos textos sagrados, ¿qué mérito tengo?”. El iluminado le respondió:”¡No hay méritos!” El gran mandatario, ofendido, le gritó: “¿Quién eres tú para despreciarme así?” El santo respondió “No lo sé”…

Esta es la anécdota esencial del budismo zen. Si tú te ves a ti mismo, te divides en dos: el que ve y el que es visto. Esta dualidad destruye la unidad esencial del ser. El Maestro zen Ryokan, explica esto con simpleza en un poema: “Sin saberlo la flor llama a la mariposa./ Sin saberlo la mariposa viene a la flor./ Yo no conozco al otro./ El otro no me conoce a mí.” Cuando me preguntan “¿Quién es Jodorowsky?”, respondo: “No sé quién soy pero lo siento.”. La definición de uno mismo puede compararse a una nube, y el ser esencial, unitario, al sol. Definirse a sí mismo puede compararse a proyectar una sombra sobre el inconsciente cósmico (simbolizado por el mar). El monje que medita se compara a una montaña. El cielo azul es la mente sin limites, que no se autodefine, no se divide. El actor y el espectador se han amalgamado…

Espero que ahora se comprenda la continuación del poema de Ryokan: “Cuando la nube recubre al sol/ su sombra se alarga a lo lejos sobre el mar./ Y aunque la sombra no desaparezca bajo la montaña/ el cielo encima de la montaña sigue totalmente azul.” El ego, ilusión formada por la familia, la sociedad y la cultura, es dual: actúa al mismo tiempo que se ve actuar. No se puede eliminar, se le puede domar. Si la sombra en lugar de cubrirla, es cubierta por la montaña, no oculta la limpidez de la mente… La sombra llegó a quejarse ante Dios: “La luz me agrede, es mi enemiga, castíguela por favor” Dios respondió: “Llamaré a la luz para que me dé su versión”. Cuando llegó la luz, la sombra cesó de estar ahí.















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