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El café de Fabio tiene nombre de santo. San Mateo se llama pero, ventajosamente, en su interior nada es bendito. El perfume es más bien profano, a tinto, que es como llamamos en Colombia a ese café negro como un mal pensamiento, que huele a varias calles de distancia y en su efluvio trae implícito ese espíritu tan nuestro, tan latinoamericano, de reformar el mundo.
La liturgia del café es matutina y es forzosa. Si no se oficia bien de mañana, queda como un hoyo negro en la conciencia por el que se pueden escurrir las consignas de cambio perpetuo de la realidad, lo que es una característica general de los colombianos quienes viven sometidos a tal suerte de eventos hostiles, que tienen que improvisar una realidad nueva a cada momento para resistir el día. Por eso el café no falta y la charla anárquica que se da en torno suyo es como el oxígeno auténtico que respiramos.
Allí, en el Café de Fabio, supimos de algunos de nuestros lectores en el exterior que, luego de conocer nuestra página web o de conocer a alguien que nos haya visitado, se preguntan qué es Colombia, dentro del ignominioso contexto de la prensa de todos esos países hermanos en donde, cada vez que el caos les visita, titulan las malas noticias con el epígrafe de que su país está colombianizándose. |
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Pues bien, esta crónica se nos salió de varios tintos, bebidos de uno en uno hasta poder leer en el cuncho las pocas ideas que caben en estas páginas sobre lo que es esta tierra y lo bueno que sería que todos los países de América se colombianizaran.
Empecemos diciendo, en claro español y estricta geografía, que Colombia limita al norte con la fantasía, al sur con la nostalgia, al occidente con el misterio y al oriente con una llanura de miedo que, sabido es, no termina.
| En los diccionarios mundiales no pueden determinar nuestro clima porque es el que usted quiera: nevados que se bañan los pies en las arenas del mar; volcanes rabiosos que duermen pesadillas de roca y lava; sabanas gélidas envueltas en la bruma milenaria de caciques que aún vigilan; cañones tallados con el cincel inclemente del viento y el martillo de ríos quejumbrosos que se revientan sin remedio contra el perfil puntilludo de rocas legendarias; llanuras misteriosas, inabarcables, que despliegan toda la fauna imaginable y hospedan hombres silenciosos, acostumbrados a ver las cuatro puntas de la rosa de los vientos con solo una mirada; selvas matreras, retrecheras, que ocultan en su vientre la fertilidad y los peligros más grandes sobre la tierra y devoran hombres y espantos y todo aquello que pretenda arrebatarle uno solo de sus secretos atávicos. |
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Así mismo son los colombianos. Hombres y mujeres buenos y bravos, capaces de inventar la vida de un plumazo y salirle al quite a tanto filibustero que ha venido a tratar de llenarse los sacos de oro, de carbón, de petróleo, de esmeraldas, de todas las riquezas nunca pensadas; que contra la ignominia han puesto la frente en alto y el puño alzado y han demostrado, aunque no quieran verlo tantos, que esta es una tierra de valientes, de guerreros, de poetas, de locos, de sabios, de viudas rezando el rosario. Colombia es, como dijo Neruda, la dulce cintura de América, pero es también un vientre y una vasija fértil de barro.
Colombia tiene de ancho lo que la esperanza tiene de la largo. Aquí la vida es una certeza permanente. No hay lugar del mundo donde uno pueda sentirse más vivo, porque resistirle a esta historia delirante es una victoria que nos sacude cada día y el obsequio de un nuevo día queremos retribuirlo al siguiente viviendo hasta el límite de los sueños.
Es cierto, sí, que vivimos en medio de una guerra; que algunas veces pensamos que podemos perder el paso, y el rastro, y la sangre, porque nos la rieguen de gratis por ahí, en cualquier esquina. Pero es cierto también que hemos aprendido a vivir armados de coraje para no permitir que el miedo nos infecte la conciencia y la historia comience a escribirse sola. |
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Afuera piensan que en Colombia vivimos acurrucados porque la guerra nos puede estallar en las manos y dejarnos tendidos en cualquier lado. Pero no es así. Lamentándolo mucho por aquellos que viven de las malas noticias, no es así. Colombia es mucho, pero mucho más que eso:
| Colombia es una metáfora de mil y una noches de esas caribeñas, coronadas por una luna virginal que sume a las mujeres en calores y a los turistas en delirios; noches de mar, y luna, y galeones que atracan en silencio para desembarcar una turba de piratas dispuestos a saciar su sed de mujer a cualquier precio. Pero cuando llegan los turistas al Caribe, caen rendidos ante el embrujo de tanta belleza y se van luego, sin quererlo, y sin enterarse de que Colombia, por allá, apenas comienza. Quedan sumidos en la fantasía multicolor de una gente que ríe de dientes para afuera y goza de dientes para adentro, sinceramente, inexplicablemente.
Es la patria oceánica que entraña tesoros y misterios milenarios que jamás podrán ser descubiertos porque están ocultos en lo profundo de los recuerdos de cada uno de los que allí han nacido y de los que seguirán naciendo. Es la patria macondiana que comienza donde deja de verse el mar y se desparrama en un valle bullicioso que solo desaparece cuando, miles de leguas abajo, se trepa a las tres cordilleras con la furia de las viejas revoluciones que llegaron a la altiplanicie remontando aguas arriba el manto furioso del Río Grande de La Magdalena. |
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Desde allí las mil Colombias apenas se insinúan y nadie puede intuirlas. Si alguien quiere conocer a Colombia tiene que venir y medírsele, no a la guerra de los hombres, sino a la de la naturaleza que fue aquí donde se hizo hechicera.
Pero en lugar de saber esto, nuestros hermanos latinoamericanos solo ven lo que les muestran: una calle en llamas, una masacre entre las ramas y una madre caída, muerta en vida, desolada y, claro, se les vuelve un cliché, un fatídico cliché el de temer que su país vaya a colombianizarse.
Cuando crece la delincuencia en Río de Janeiro, se lee en O Globo que Brasil está colombianizándose; cuando las mafias del narcotráfico aparecen como la espuma sobre la prensa mexicana, ésta, al borde de la histeria, titula que México se colombianizó; cuando los secuestros comienzan a ser frecuentes en el Ecuador, los hermanos de ese país vecino sienten que se colombianizaron; cuando la crisis económica amenaza a la Argentina y el raponazo se vuelve común en las calles bonaerenses, piensan por allí que eso es ya el colmo, que poco les falta para colombianizarse. |
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Y así, por obra y gracia de la desgracia y de la ligereza de los medios de prensa, colombianizarse se ha convertido no sólo en un verbo de horrible gramática, sino en un estigma protervo que intimida a nuestros hermanos y nos convierte en los parias de América.
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Pero colombianizarse es trazarse lo imposible como propósito, y alcanzar la meta, y pasar de largo hasta hacer de lo inverosímil el pan nuestro de cada día; y caernos de espaldas sobre la buena dicha (que a cada rato también nos sonríe) y gozarnos para siempre la fortuna de ser felices por un instante; y aferrase a la esperanza como al talle de una mujer, y a sus pechos, y a sus pupilas dilatadas por el encanto de ser el objeto y el sujeto de todos los amores-deseos-sueños que no se confiesan para que se hagan ciertos.
Colombianizarse es aprender el arte esotérico de sembrar lágrimas en las piedras funerarias y cosechar durante cientos de generaciones próceres anónimos que dibujan el porvenir de la patria sin poner su nombre terreno en el lienzo de caoba de las cañadas rojizas que abrigan ríos melindrosos, indecisos, que horadan la tierra y nos dibujan esas líneas en el alma que se hace jirones cuando descubrimos que algún día flotarán por allí los recuerdos de días antiguos cuando aquello era un océano a nuestros ojos de niños. |
Colombianizarse es salirle al día con la certeza de que se tiene en las manos un nuevo día; es una eterna conciencia de ser y de existir como dos categorías separadas que deben mantenerse en armonía porque si no, se nos entorna la mirada y nos perdemos en la idea de estar muertos; porque aquí, como en todas partes, se muere más por dejar de vivir que por ser matado sin aviso previo, sin consideración, sin más mérito que el de caer de bruces sobre la tragedia.
| Colombianizarse es ver un día al país amanecer como un regalito, envuelto en tela tricolor: amarillo, azul y rojo, del atlántico hasta el Amazonas, del pacífico hasta Venezuela; son días en los que parece que todo se acabó, que llegó la paz, que desterramos la miseria para siempre, que las manos se encontraron hechas racimos de dedos con cuarenta millones de manos agarradas en lo alto; banderas, balacas, camisetas, manillas, toda prenda de vestir y desvestir se pinta de estos tres colores; también las caras se maquillan y la gente sale a la calle como soldados camuflados de patria, como si acabáramos de conquistar la independencia que siempre nos han arrebatado, primero con doblones y luego con dólares; los carros pitan sin motivo y la gente se saluda con gritos y brazos extendidos, hasta que toda esa demencia confluye en un solo sitio: es el Metropolitano. En Barranquilla juega “La Selección”, una enfermedad nacional, un delirio de amor hecho fútbol, que es siempre más delirio que fútbol. La patria se achica. Cabe toda en el Metropolitano de Barranquilla; y once muchachos salen a la cancha investidos de país para validar a balonazos lo que hemos sufrido para mantenernos en pié. Son días de júbilo que casi siempre terminan en noches de silencio. Una tragedia más, una de las más dolorosas: se perdió el partido, y jugando de local; la realidad no se altera con esto, pero parece que sí, que todo se perdió con el gol que regalamos y el cambio que no hicimos y ese sistema pacato de enterrarse en el fondo de la cancha; otra vez la paz se ve lejos y la bandera humana se repliega y se confina en una arruga del alma hasta el próximo partido cuando la herida se ha cerrado y el dolor se ha olvidado; entonces es cuando amanece el país como un regalito envuelto en tela tricolor y termina en un silencio de tumba y la herida otra vez abierta y la rabia enlazada para que no se salga por la boca contra algún inocente; será porque el fútbol se parece tanto a nuestra realidad que nos gusta tanto. Es por eso, porque no puede ser por nada más. |
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Colombianizarse es aprender a mediar y remediar; a andar y desandar; a poner y reponer; estamos acostumbrados a construir y reconstruir este país para que cuando los demás lo vean en las postales para turistas se note que aquí la risa de un niño puede iluminar una sabana entera; que las madres se deshacen de miel por sus pechos y crían héroes prodigiosos que viajan con tiquete de regreso hasta la muerte; estamos enseñados a ver en la oscuridad de todos los tiempos, (en todas las oscuridades de todos los tiempos), por eso sabemos caminar sin perder el rastro de la decencia que la tenemos probada y comprobada después de haber superado todas las tentaciones; esto lo ven quienes han venido y se dan cuenta de que el país no son esos cuantos que se han hecho famosos simplemente porque la noticia se escoge según la cotización del día en la bolsa del escándalo; estamos vacunados contra todos los males porque los hemos padecidos sin excepción, los del cuerpo, los del alma y los del espíritu, por eso se aterran de ver que andamos, que cantamos, que soñamos.
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Colombianizarse es aprender a bailar una cumbia y a cantar un vallenato; es picar en punta y acorralar a Schumaher en una curva para no dejarlo pasar, como lo hacen los demás; es salir en medio de una noche cualquiera, de un mes cualquiera (el que usted escoja) y derretirse porque el clima es una brasa que calienta la imaginación y la lengua al punto de ebullición necesario para ganarse un Nóbel de literatura, aunque debió ser el de Historia (si existiera) porque Macondo está allá, entrando por el Caribe y cruzando a la derecha. |
Colombianizarse es vestirse de dignidad y ponerle la cara al sol porque sabemos lo que somos: un pueblo de casta, que se crece con el castigo, que, en lo profundo de la noche de la historia, dio en toda esta América maltrecha el primer grito de insurrección de que se tenga noticia y aunque los gobiernos nos falten y los delincuentes nos manchen y se nos haya venido encima desde hace tanto tiempo toda esta desgracia, Colombia es mucho más de lo que aquí escribimos: Colombia es ciencia y magia, realidad y fantasía; Colombia es la sangre, pero la sangre que se irriga por las venas de la tierra y se hace savia en las venas de los hombres para quererla, para consentirla, para vivirla y para morirla cualquier día bajo un cielo pandito del que acostumbramos a bajar las estrellas.

Fotografía Mauricio Olaya
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